Las segundas nupcias son buenas

Casarse en segundas nupcias revela el triunfo de la esperanza sobre la experiencia. Esto pensaba, y decía, Samuel Johnson (1709-1784), uno de los más grandes poetas, biógrafos y ensayistas ingleses de todos los tiempos. Puesto que las segundas nupcias -con el impedimento de la ceremonia religiosa- parecieran ser una causa del auge de los casamientos a domicilio, se podría pensar que Johnson tenía razón. La esperanza sigue siendo más fuerte que la experiencia.

No está mal, después de todo, que sea así. La experiencia es el certificado de haber vivido, la constancia de una historia personal propia. Es el tiempo atravesando nuestro ser o nuestro ser dejando huella en el tiempo. Pero si tomamos el pasado como jurisprudencia para juzgar el futuro, podríamos quedar paralizados en un episodio de nuestra vida, anclados en un punto fijo, sin posibilidad de porvenir. Es la esperanza la que nos saca de allí y nos dice que hay otra posibilidad de experimentar lo que alguna vez nos frustró. Dependerá de nosotros, de lo que hagamos para ello.

Pero podríamos ir más allá, sacar a la esperanza del nicho de las segundas nupcias y ampliarla al hecho matrimonial en sí, con antecedentes previos o sin ellos en los contrayentes. Más allá de razones personales o causales sociológicas, las cifras del matrimonio delivery dicen que la gente se sigue casando. No es un dato menor en la era de la fugacidad, de las relaciones episódicas, de la superficialidad en los vínculos y de lo que el pensador polaco Zygmunt Bauman categorizó como amor líquido.

Casarse sigue siendo la expresión de una voluntad de compromiso, de construcción conjunta, sigue siendo una mutua declaración de amor. Es la asunción de uno de los riesgos que propone la vida mientras se explora el sentido de ella en cada quien. Los compromisos profundos y reales no se definen por las formalidades, sino por los contenidos.

La cuestión de fondo no es cómo y dónde nos casamos, sino para qué. Para qué proyecto afectivo y existencial, para compartir qué camino, qué valores y qué propósitos, y para hacerlos trascender de qué manera. Lo importante es que esa historia conjunta que se inicia en un country, en un salón de fiestas, en una estancia, en una casa o en un club (o también en un Registro Civil, no lo dejemos afuera) tenga un desarrollo trascendente y multiplique razones y momentos para la felicidad

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¿Sexo con o si amor?

Image¿Nos enamoramos de alguien porque nos gusta como se porta en la cama o disfrutamos especialmente del sexo con una determinada persona porque estamos locos por ella? ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? O en este caso, ¿qué fue anterior, el sexo o el amor? Los tiempos han cambiado y también los mitos. Sin embargo, la mayoría de las mujeres y también muchos hombres siguen esperando a su media naranja, lo que traducido al lenguaje sexual significa que continúan pensando que, en un mundo feliz, el amor y el sexo deberían ir unidos.

Pocos reniegan de un revolcón si la cosa se pone interesante, pero lo que en el fondo todos anhelan es que Cupido bendiga esa unión, esperando así alcanzar el Nirvana. De Lady Gaga uno puede esperar cualquier cosa, sobre todo últimamente que le ha dado por engrosar las filas de la moral asegurando que nunca practica sexo sin amor porque podría arruinar su energía. También Robert Pattinson, el protagonista de la saga Crepúsculo , que no tiene inconveniente en ir mordiendo cuellos por el mundo, se declara firme partidario del sexo con amor. ¿Quién no? Al disfrute sexual se le añade el del enamoramiento, al que Ortega y Gasset -que nunca destacó por romántico- calificó de “imbecilidad transitoria” y al que muchos científicos asemejan con el desorden obsesivo compulsivo.

Gracias a la química y a su acción en el sistema nervioso central, el amor desata sentimientos de felicidad, plenitud, capacidad para pasar las noches en vela sin acusar cansancio al día siguiente y sensación de levitar, pero también celos, envidias, miedo, orgullo?

Pero esa tormenta de feromonas que es el enamoramiento no dura demasiado, el cuerpo no podría soportarlo y para sobrevivir se vuelve inmune: la locura de la pasión se desvanece para dar paso a un amor más sereno, los hijos y la pantanosa ciénaga de la hipoteca. Y con el tiempo, es posible que este sentimiento también desaparezca. Nadie se plantea entonces que está practicando el sexo sin amor. Es nuestro cuerpo, generalmente más sabio que nuestra mente, el que nos dice que ya no nos gusta tanto y lo vamos dejando, primero para los sábados y luego, para fechas muy señaladas.

A Lidia le pasó lo mismo, sólo que ella se saltó los hijos, la casa y, pasado el tiempo, hasta su pareja. Lo curioso es que tras algunos meses volvió a retomar relaciones con su ex y descubrió el sexo. “El que antes era mi novio pasó entonces a ser mi amante. Ya no había ningún compromiso, era algo físico, pero resultó mucho mejor. A los amigos no se les pide que sean perfectos, se aceptan tal como son, con sus virtudes y defectos. En la cama me lo tomaba todo en plan lúdico, era como un juego, y resultó mucho más placentero para los dos. Pienso que el amor está sobrevalorado.”

Disfrutar de la sexualidad sin que haya un compromiso de por medio puede ser muy liberador para ambos géneros. Los hombres son más duchos en el arte de separar romance de lujuria, pero las mujeres han tenido que hacer un ejercicio de aprendizaje.

Un artículo de Suzanne Braun Lavine titulado “Ocho razones por las que el sexo es mejor después de los 50” asegura: “Se puede separar el sexo de la reproducción y del amor”. En este apartado, Suzanne subraya como “antes de los 50, la mayor parte de las mujeres invierten muchos años en mitos románticos -como unir sexo, matrimonio y amor-, pero cuando se entra en la segunda edad adulta, la experiencia y la independencia hacen que empiecen a separar sexo de compromiso, lo que les hace diseñar a su gusto sus encuentros sexuales, ya sea con conocidos, amantes o amigos”.

Entre los partidarios del sexo por encima del amor está también Napoleón Hill, el que fue el gurú de los manuales de autoayuda y que asesoró a presidentes de EE.UU. como Wilson Woodrow y Franklin Delano Roosevelt. Su libro Piense y hágase rico es uno de los más vendidos de todos los tiempos y en él elabora una lista de las emociones humanas más importantes. ¿Cuál encontramos en primer lugar? Para Hill no es el amor, sino el sexo, al que califica de necesidad biológica y motor de todo tipo de acciones.

A la pregunta de qué deberes tendríamos que llevarnos a casa las mujeres y los hombres de hoy para mejorar nuestra vida sexual, la sexóloga Francisca Molero, del Institut Clinic de Sexología de Barcelona, asegura: “Las mujeres deberíamos focalizar más, genitalizar más nuestra sexualidad, centrarnos más en el aspecto físico y corporal, mientras que los hombres deberían hacer lo contrario”. De lo que quizá podamos deducir que, en términos de sexo, la pareja ideal podría ser la formada por un hombre enamorado y una mujer que no lo esté. Es más: podríamos caricaturizarlo al modo de los dibujos animados. Él con un pequeño Cupido en su hombro, dándole instrucciones, y ella con un diminuto diablillo con un tridente que la empuja a hacer cosas muy, muy malas