Ojos de Video Tape: Escenas de la vida tecnificada

images (2)“Yo no puedo divertirme mientras mi marido hace las valijas para irse de casa”, admitió María Fernanda, la protagonista de Ama de casa último modelo, interpretada por Mirta Legrand en 1950. “No, no se ponga así. ¿A dónde quiere que la lleve?”, le preguntó su pretendiente. “A cualquier parte … donde enseñen a cocinar”, respondió la joven recién casada. Este diálogo, retomado en El hogar tecnificado (Editorial Biblos) de Inés Pérez –profesora y licenciada en Historia por la Universidad Nacional de Mar del Plata y doctora en Ciencias Sociales y Humanas por la Universidad Nacional de Quilmes–, pone de manifiesto que a mediados de los 50 era socialmente más valiosa una mujer que supiera usar sus manos para cocinar y hacer las demás tareas domésticas que una joven de la alta sociedad.

A fines de la Segunda Guerra Mundial cuando el Estado de Bienestar se forjó en las naciones más poderosas del mundo producto de la teoría keynesiana que proponía aumentar la inversión estatal para paliar la desocupación, promover el consumo y reactivar la producción industrial, nacía en Estados Unidos lo que se conoció como el “estilo de vida americano”, basado en el consumo, sobre todo de productos para el hogar, como un camino de realización personal. Lo novedoso de este estilo de vida fue que con el pleno empleo, las clases antes relegadas pudieron acceder al consumo masivo. A través de las publicidades, el cine, la radio, las revistas y los diarios se mostraba que para alcanzar ese mundo ideal había que acceder a determinados bienes materiales. Pero las publicidades no servían sólo para crear necesidades y aumentar las ventas sino también para delinear un modelo de mujer, de hombre y de familia.

En El hogar tecnificado, Inés Pérez analiza, a partir de entrevistas a hombres y mujeres de Mar del Plata, su ciudad natal, cómo se articuló la irrupción de los electrodomésticos y la tecnificación del hogar con cambios en la vida familiar y en las relaciones de género. “La cocina, dependencia en la que se desarrolla una gran parte de las actividades del ama de casa, no puede concebirse hoy en día planeada como un simple recinto en el que se hayan agrupado a discreción el aparato de cocción, el fregadero, la nevera y uno o más armarios no siempre adecuados para una determinada función. Si bien todos esos elementos forman parte de la cocina contemporánea bien organizada, ellos deben ubicarse racionalmente para facilitar el desarrollo de las labores propias de la preparación de las comidas con un máximo de orden y comodidad y un mínimo de fatiga”, se lee en la solapa de La Cocina, editado por Contémpora en 1952 y citado por Pérez en su libro. Producto del taylorismo y el fordismo de esas décadas, al consumo creciente, se sumaba también la idea y la práctica de limpiar y cocinar más y mejor en menos tiempo.

En la Argentina, a partir de los años 30, fueron introducidas en la vida familiar diferentes nociones tomadas de la organización del trabajo en las fábricas: “El diseño orgánico y racional de los espacios debía apoyarse en la medición de los tiempos de las tareas domésticas, de la permanencia del ama de casa en cada una de las habitaciones, de las distancias recorridas en el quehacer cotidiano. El espacio debía organizarse en distintos centros de trabajo, tan claramente definidos como fuera posible: el de preparación, el de lavado, el de cocinado y el de servicio. El objetivo detrás de estas minuciosas indicaciones era reducir la cantidad de movimientos innecesarios, evitar la fatiga y disminuir el tiempo de trabajo”, escribe Pérez en su libro.

El concepto y la forma de la cocina moderna vinieron de la mano de las políticas públicas y los planes de vivienda populares de los dos primeros gobiernos de Perón (1946-1955) cuando la casa chorizo, en donde la cocina y el baño estaban separadas del resto de los ambientes, dio paso a la casa de planta compacta y la “cocina moderna” se convirtió en una figura recurrente de las revistas femeninas. A fines de los 50, se publicó 365 días sin servicio doméstico. Una charla sobre cuestiones domésticas … que no quiere ser un libro más, se convirtió en un best- séller y una guía para las amas de casa más aplicadas. Siguiendo el modelo de las ecónomas domésticas de Estados Unidos, su autora, Alicia Lobstein detallaba cómo debía estar constituida la cocina para su mejor aprovechamiento: “El punto más alto determinará la altura del estante superior, fácilmente alcanzable para el ama de casa mientras trabaja. El punto más bajo debe corresponder a un estante inferior donde se guardarán los objetos que se utilizan a menudo. El espacio que queda sobre y por debajo de nuestro brazo, se reservará para aquellos enseres poco utilizados”.

La tendencia de consumo propuesta por Estados Unidos llevó a que en la Argentina, desde 1943, se gastara más en productos llamados de consumo excedente que en bienes de primera necesidad. Para la década de 1960, según señala Pérez, la cuota mensual de una heladera eléctrica Aurora era de 1.467 pesos mientras que el salario nominal de un electricista de Capital Federal era de 78,50 pesos por hora de trabajo lo que demuestra que se trataba de bienes accesibles sobre todo si se tiene en cuenta que buena parte de ellos podía comprarse a través de créditos personales.

Si bien en nuestro país, los electrodomésticos se popularizaron a partir de la década de 1940, su nacimiento se remonta a fines del siglo XIX: el primer lavarropas eléctrico fue fabricado en 1929, la aspiradora en 1908 y la plancha eléctrica en 1886. Según datos del Consejo Técnico de Inversiones, para 1969, el 80% de las viviendas electrificadas argentinas tenían heladeras eléctricas. Además de los electrodomésticos que servían para hacer más livianas y eficientes las tareas del hogar, a fines de los 50 y principios de los 60 apareció la estrella de la época: el televisor, cuya presencia transformó al hogar en un espacio de recreación y de ocio. Si bien esta transformación ya había sido producida por la incorporación de la radio décadas atrás, las características técnicas del nuevo aparato modificaron los hábitos de consumo cultural a la vez que pusieron de manifiesto las desigualdades regionales y de clase para poder acceder a él.

La televisión trajo consigo la irrupción del ámbito público al privado: con solo apretar un botón el telespectador podía transportarse a miles de kilómetros, cruzar el océano y llegar hasta el Viejo Continente o conocer cómo vivían los esquimales en el Polo. Y con estos cambios en la tecnología fueron apareciendo también los cambios generacionales: las hijas y nietas de las reinas de la cocina empezaron a sentirse encerradas entre cuatro paredes y a manifestar la necesidad de trabajar fuera del hogar. Para los años 80, según la Organización de las Naciones Unidas sobre el trabajo femenino, las mujeres representaban un tercio de la fuerza de trabajo oficial y realizaban casi las dos terceras partes del total de horas de trabajo. Pero tal vez este diálogo de la Familia Falcón, éxito televisivo de los sesenta, sea más elocuente: “Ay, ay, ay…, antes que no había teléfono para pedir una pizza, las mujeres criaban cinco hijos y cocinaban cada tuco que era un poema. Ahora hay uno y gracias, y pizza. ¡Pizza!”.

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