La curiosa historia del casamiento

La agitada y curiosa historia del casamiento

De aprobarse la nueva normativa, quienes contraigan enlace en la Argentina ya no estarán obligados a prometer fidelidad ni a convivir bajo un mismo techo, tal como lo establece la ley vigente. Un momento propicio para revisar la historia de una institución que ha dado forma a la sociedad humana desde tiempos inmemoriales. Hay sorpresas: el matrimonio cristiano en la Edad Media fue más libre que el de la modernidad.

André Larané, director de la revista Herodote , resume aquí lo principal de esta apasionante historia.

El casamiento en todos sus estados

El matrimonio ha conocido desde el comienzo de la Historia evoluciones contrastantes, muy vinculadas con el estatus social de la mujer. He aquí el relato detallado, en el marco de Europa y el Mediterráneo.

Sobre el casamiento, la Biblia nos propone dos versiones, de las cuales una, la más célebre, hace de la mujer un subproducto del hombre y la otra coloca a ambos sexos en el mismo plano.

Versión “clásica”: Dios hizo caer al hombre en un sopor que lo durmió; tomó una de sus costillas y cerró la carne en ese lugar. Dios transformó la costilla que había tomado al hombre en una mujer que le llevó. El hombre exclamó: “He aquí esta vez el hueso de mis huesos y la carne de mi carne, la llamaremos mujer [ihsa, en hebreo] porque es del hombre [ish] que fue tomada” (Gen 2, 21-23).

Versión “feminista”: Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Dios los bendijo y les dijo: “Sean fecundos y prolíficos, llenen la tierra y domínenla…” (Gen I, 27-28).

Los teólogos de las tres religiones monoteístas privilegian una u otra versión según deseen promover la igualdad de los sexos o asentar el predominio del hombre sobre la mujer.

El modelo egipcio

Los egipcios de la época faraónica ignoraban todo sobre Adán y Eva… Se atuvieron a una visión simple de la humanidad: hombres y mujeres hechos para vivir juntos en un pie de igualdad. Se diferenciaban de este modo del mundo oriental y de la propia Grecia, atados a una concepción no igualitaria de los sexos. De los primeros faraones a la conquista árabe, es decir, durante unos 4 mil años, todo hace pensar que la mayoría de los habitantes del valle del Nilo vivían en pareja como todo buen europeo en la posguerra.

Ambos sexos tenían un estatus similar, incluido en el panteón egipcio, donde el culto a Isis era indisociable del de su esposo Osiris. Ciertamente, el faraón y algunos notables se daban el lujo de varia esposas y numerosas concubinas… pero se trata de un privilegio propio de los poderosos, en casi todas las épocas y civilizaciones.

Los egipcios aceptaban también que una mujer accediese al estatus de faraona. Fue el caso de Hatshepsut (imagen) de quien no se sabe si tenía su harén de jóvenes efebos…

El modelo oriental

[Entre los sumerios], como en la mayoría de las civilizaciones antiguas, el casamiento es una convención privada. Es susceptible de ser rota por decisión del marido. Los jefes de clanes y los ricos propietarios se adjudican el privilegio de poseer varias mujeres y sirvientas.

En la Biblia, Sara, que no puede dar un heredero a su esposo Abraham, introduce en su lecho a su sirvienta Agar, que le dará a Ismael, pero todo se ordenará cuando Sarah, por gracia de Dios, engendre por fin a Isaac. Como Abraham, los antiguos hebreos son polígamos –al menos los más ricos- manifestando a la vez frecuentemente un amor ferviente por su esposa principal (Isaac y Rebecca, Jacob y Raquel,…). Mucho más tarde, los Mormones se referirán a estos ejemplos ilustres para justificar la introducción de la poligamia en Nevada, Estados Unidos.

La poligamia –o más precisamente la poliginia (derecho del hombre a tener más de una mujer)- está más extendida en Oriente que en Egipto, así como la esclavitud (el comercio de mujeres se concilia bien con el de esclavos).

En las sociedades de Medio Oriente, la mujer es una eterna menor de edad y no tiene status jurídico. Frecuentemente es casada muy temprano con un hombre ya maduro, lo que facilita su sumisión. En las clases superiores, es relegada al gineceo, la parte de la casa que le está reservada.

La tradición romana

Si se cree la leyenda del rapto de las Sabinas, los primeros romanos tenían una forma muy viril de hacer la corte. Para escapar al celibato forzado, invitan a sus vecinos a una fiesta y secuestran a sus hijas bajo sus narices. Esta práctica no es sólo leyenda. Refleja una realidad bastante común entre los romanos y sus vecinos germanos (que practican el rapto consentido: una forma de concubinato que puede debutar por el secuestro y acabar en unión estable y legitimación de los hijos).

En recuerdo del rapto de las Sabinas, los primeros romanos practican un casamiento “de hecho”, consagrado por un año de cohabitación pero con el consentimiento previo de los padres. Para romperlo, basta con que la mujer se ausente tres noches seguidas.

Otra forma de casamiento es “por compra recíproca” (coemptio, en latín): ambos esposos simulan la compra mutua de uno por otro intercambiando regalos. Esta forma de unión más bien simpática y moderna es practicada en los primeros tiempos de la República por los plebeyos o romanos de clases populares.

Una tercera forma es la solemne, llamado confrarreatio, (que) se remonta a la época real y se practica entre las familias patricias. Es la primera forma de unión que se conoce que no es sólo de derecho privado sino santificada también por las autoridades religiosas y reconocida por las civiles.

Las tres formas de casamiento citadas descansan sobre la transmisión de la autoridad del padre al marido mediante un apretón de mano (cum manu). Es una herencia de la tradición oriental que considera a la mujer siempre como menor de edad.

La modernidad romana y libertinaje

Bajo el Imperio Romano, a comienzos de nuestra era, sólo algunas familias patricias siguen practicando el casamiento solemne, por conveniencia. Dicho esto, en el entorno del emperador, las costumbres no son por ello menos disolutas. Se divorcian por nada, se prostituyen, practican el intercambio de parejas, someten a las sirvientas, no rechazan las caricias con menores…

La mayoría de los plebeyos se casan a una edad de hecho avanzada: en promedio 20 años las mujeres, 30 los hombres, edad en la cual se vuelve difícil aceptar la autoridad del pater familias. Se ve entonces una generalización del casamiento sine manu, en el cual los padres no tienen voz.

Vemos aparecer así una concepción muy moderna del casamiento, sin acuerdo parental. El término romano es conjugium, del cual derivan cónyuge y conyugal. Significa que los esposos portan juntos (cum) el mismo yugo (jugium) y se traduce en una bella fórmula que intercambian los esposos en el momento del casamiento: “Ubi tu Gaius, ego Gaia” (Donde tú estás, Gaius, estoy yo, Gaia).

Los esclavos están excluidos de estas consideraciones. Son “herramientas animadas” destinadas a las uniones libres, el contubernium o la “camaradería de tienda”.

Cruzada de la Iglesia contra el repudio de esposas y la consanguineidad

A fines de la Edad Antigua, cuando se derrumba el Imperio Romano, la Iglesia medieval se mantiene como la única institución estable y respetada en Occidente. A ella le corresponderá sentar los fundamentos morales de los tiempos por venir.

En lo que concierne al casamiento, se inscribe en la tradición romana y promueve la igualdad del hombre y la mujer en la pareja. También pone el énfasis en el deber de solidaridad y afecto.

Ante la amenaza de perder su autonomía frente a los soberanos merovingios y carolingios, la Iglesia de Occidente resistirá usando su autoridad espiritual y, curiosamente, la legislación del casamiento será su arma más eficaz. Los clérigos buscan imponer a los guerreros feudales y a los soberanos el respeto de la monogamia, la prohibición del repudio y la interdicción de la consanguinidad. Es así como los más grandes reyes de Occidente, de Pepino el Breve a Felipe Augusto, son sermoneados por los obispos y abates por sus costumbres conyugales no conformes a la norma.

El emperador Carlomagno, por ejemplo, atrae sobre sí regularmente las reprimendas de los obispos porque, además de sus tres esposas sucesivas, tiene cuatro consuetudinarias, sin contar las ocasionales concubinas. Los primeros duques de Normandía, que descienden de los rudos vikingos, tampoco quieren renunciar a sus esposas consuetudinarias. Pero la presión de la Iglesia es tal que después del año 1000, admiten por fin, como todos los señores y soberanos de Occidente, tener sólo una esposa regular.

El repudio: la Iglesia innova respeto a la Antigüedad y a las otras culturas proclamando muy temprano la indisolubilidad del matrimonio. Como máximo admite que el casamiento pueda ser anulado por vicio de forma en casos muy restringidos. Ya no se puede repudiar a la esposa, menos aún dejar al marido.

Varios soberanos, y no de los menos relevantes, son excomulgados por haber repudiado a su esposa sin motivo válido. Fue el caso de Roberto, hijo de Hugo Capeto, aunque se apodaba El Piadoso. También el de Felipe Augusto.

El combate más decisivo que lleva adelante la Iglesia en la Edad Media es contra los casamientos “consanguíneos” o “incestuosos”. Los sacerdotes dan una acepción muy amplia al concepto. Consideran consanguíneos los casamientos entre primos hasta el 7º grado.

Para la aplastante mayoría de la población, que jamás se aleja de su pueblo natal, esta regla es prácticamente inaplicable, siendo todos los habitantes de un pueblo más o menos primos. La Iglesia cierra los ojos sobre esta realidad campesina pero desenvaina la prohibición de la consanguineidad para desestabilizar a un poderoso señor o por el contrario para atraerse su gracia. El Duque de Normandía Guillermo el Bastardo debe negociar ásperamente con el Papado el derecho de conservar como esposa a su prima Matilde de Flandes. Otros soberanos, para evitarse problemas, van a buscar esposas al otro extremo del país o del mundo. Enrique Iº se casa con una rusa, Felipe Augusto con una danesa…

Mediante la prohibición de la consanguineidad, se impide que las grandes familias se replieguen sobre sí mismas. En vez de la formación de clanes familiares poderosos que podrían constituir una amenaza para sus vecinos y para la propia Iglesia, asistimos a la formación de una vasta red familiar a escala europea, lo que facilita la solución de conflictos de todo género.

La prohibición de la consanguineidad se convierte rápidamente en la cristiandad occidental en principal motivo de anulación de un matrimonio, muy por delante del otro motivo que es la impotencia masculina.

La sacralización del matrimonio

Los siglos XII y XIII de la Edad Media ven el advenimiento de sociedades estables fundadas en el derecho, el desarrollo de las ciudades y la construcción de catedrales. La Iglesia medieval goza de una primacía incuestionada: impone sus preceptos morales hasta en las regiones más alejadas.

En 1215, el gran Concilio Ecuménico de Latran sienta las bases del matrimonio cristiano que no cambiarán hasta la Revolución francesa (s.XVIII). Se eleva el casamiento al rango de sacramento religioso. Este se vuelve indisoluble. Ni siquiera el adulterio es motivo de disolución. Este puede como mucho justificar una separación física. Pero el matrimonio puede ser anulado fácilmente por razones de consanguinidad.

Más importante aún, la Iglesia medieval impone el libre consentimiento de los esposos al casamiento, frente a un sacerdote. Dicho de otro modo, los padres no tienen voz ni voto. Esta disposición favorece los casamientos por inclinación y contribuye a la emancipación jurídica de las mujeres. Pero ésta no es funcional a las grandes familias de la alta aristocracia y de la burguesía que hacia fines del Renacimiento lograrán reintroducir la obligación del consentimiento parental.

El casamiento se desarrolla en dos etapas. Empieza por los esponsales, o compromiso: los futuros esposos intercambian delante del sacerdote una promesa mutua que no podrá ser rota. La boda propiamente dicha, o nuptiae, viene luego, enseguida o varios meses más tarde: el sacerdote bendice a los casados en la iglesia, en medio de sus allegados. La ceremonia se acompaña de festividades. Finalmente, la flamante esposa es llevada en cortejo a su nueva morada y, antes de dejarlos en la intimidad, el sacerdote bendice el lecho conyugal para alejar la desgracia.

La iglesia medieval condena las relaciones extramatrimoniales para proteger a las muchachas contra la violencia masculina y los embarazos no deseados. Y condena el adulterio. Las personas implicadas, en estado de pecado mortal, pueden de todos modos obtener el perdón mediante confesión y penitencia.

Pero el adulterio no justifica la ruptura del casamiento y del proyecto familiar. Como mucho, una separación física. Las nueras adúlteras de Felipe el Hermoso (de Francia) , fueron encerradas en un convento pero sin que sus esposos pudieran volver a casarse.

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