” La civilización es la multiplicación ilimitada de necesidades innecesarias…”

Hace poco nos enteramos de que por primera vez hay más gente viviendo en ciudades que en el campo. Casi 4.000 millones de personas en la mira de aparatos publicitarios que nos ofrecen novedades inauténticas y superfluas pero que logran instalarse como necesarias y hasta revolucionarias. Cuando a fines del siglo XIX Mark Twain escribió “ Civilization is the limitless multiplication of unnecessary neccesities ” (la civilización es la multiplicación ilimitada de necesidades innecesarias) ya percibía los cambios rápidos e irreversibles de nuestras costumbres pero no se hubiera imaginado que cien años después hablaríamos solos por la calle con una mano en la oreja y una legión de motociclistas repartiría la cena de casa en casa. También supimos hace poco que la cantidad de gente con sobrepeso supera al de personas desnutridas. Según la Organización Mundial de la Salud, más de 1.500 millones de adultos tienen sobrepeso y, de ellos, 500 millones son obesos. Estos números alarman porque los aumentos más significativos ocurren en niños y familias de bajos recursos. Si bien en la Argentina la desnutrición clásica por insuficiencia proteica y calórica bajó en los últimos años, el desbalance nutricional adquirió un panorama más engañoso. La ausencia de calidad alimentaria ya no se manifiesta tanto en personas de piel y hueso sino por el contrario en rollos y pliegues que ojos poco entrenados como los de un ex-presidente de la Nación pueden confundir con un estado de plenitud –“a vos no te va tan mal, gordito”. Lejos de ser un problema estético de natulareza ligera, el exceso crónico de grasa corporal deteriora la calidad de vida y de la salud porque induce un estado de inflamación generalizada, precipita diabetes de tipo II  y aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares.

Para entender cómo llegamos a esta epidemia conviene observar en detalle la colisión entre dos fuerzas poderosas que agigantaron su impacto en los últimos 30 años. Veamos. Por un lado la fuerza de la selección natural, que a través de su paciente dinámica de pueba y error perfeccionó durante millones de años los mecanismos moleculares que permitieron acumular excedentes energéticos de los alimentos consumidos en depósitos grasos. El tejido adiposo resultó ser una de las innovaciones evolutivas claves que alentó la maravillosa biodiversidad animal de nuestro planeta. Cambios evolutivos más recientes en genes que controlan el desarrollo del cerebro, la postura corporal y la movilidad de los dedos dieron nacimiento a un primate muy particular que desde su llegada al mundo hace unos 180.000 años no ha hecho otra cosa que transformarlo. El hombre moderno ( homo sapiens ) aprendió nuevas formas de comunicación interpersonal y grupal que le permitieron desarrollar no sólo herramientas y tecnologías cada vez más sofisticadas sino también civilizaciones con una capacidad sin igual de dominar la naturaleza. Cuatro mil millones de años después del origen de la vida en la Tierra somos testigos de un instante único en el que colisionan dos fuerzas hípercompetitivas que se fueron perfeccionado a través de su propio desarrollo y que no cederán fácilmente a su ambición siempre desmedida de maximizar ganancias, la selección natural y el modo capitalista de producción. Un ejemplo de este impacto actual es la acumulación extraordinaria de tejido graso en buena parte de la población capaz de producir de manera cotidiana, abundante y a bajo costo, una variada gama de alimentos atractivos y de escasas propiedades nutritivas.

En el cerebro de los animales vertebrados existe un núcleo llamado hipotálamo que controla de manera autonómica (automática) una serie de parámetros vitales como la temperatura corporal, la presión arterial y la concentración de oxígeno en la sangre. Estos valores se regulan de forma homeostática dentro de márgenes muy estrechos debido a que pequeñas desviaciones comprometen la sobrevida animal. El balance energético, en cambio, tiene dos diferencias claves. Por un lado no es sólo autonómico sino que participa la voluntad de buscar, obtener, masticar y tragar comida. Por otro lado, la ingesta de alimentos no equilibra el gasto energético para mantener parámetros nutricionales constantes sino que opera de manera alostática anticipándose a demandas fisiológicas inminentes, como se observa en los mamíferos hibernadores durante el otoño, las hembras durante la preñez y los animales jóvenes durante el crecimiento. Los adultos también tienden a comer más que lo gastado porque el hipotálamo estimula el aumento de los depósitos grasos en preparación para un posible período de escasez alimentaria. Estos mecanismos biológicos ancestrales resultan superfluos en buena parte de las sociedades humanas del siglo XXI capaces de producir excedentes alimentarios en forma constante, ofrecerlos a diario en supermercados y kioscos, y guardarlos bajo frío en la cocina. Por primera vez en miles de millones de años de vida animal, muchos dejamos de sentir la incertidumbre de disponer de alimento en los días por venir. A pesar de que podemos racionalizar estos cambios culturales y que no hace falta aumentar nuestros depósitos grasos en ausencia de pronósticos de hambrunas, la comprensión y el entendimiento son propiedades privativas de la corteza cerebral, región del cerebro con capacidades limitadas de doblegar el comando atávico del hipotálamo. La batalla entre estas dos áreas cerebrales será eterna y desigual. La corteza cerebral controla nuestras acciones en algunos momentos, pero el hipotálamo seguirá pidiéndonos que comamos más y más como lo viene haciendo por los siglos de los siglos con singular eficiencia. Nadie duda quién está ganando la batalla. Para los que aún creen en el libre albedrío cortical, un tercer circuito cerebral termina por correr el fiel de la balanza hacia una posición desesperanzadora: el sistema límbico, encargado de asignar a los azúcares, grasas y sales el sello de consumos placenteros, transfiriendo el deseo de consumirlos directamente a la acción.

Ahora, ¿cuánto nos pide comer nuestro hipotálamo? ¿Cuán larga será la hambruna para la que nos prepara ciegamente? Maximizar la ecuación energética convirtiendo excedentes calóricos en depósitos grasos fue una ventaja adaptativa clave en la evolución de los mamíferos. Pero mantener una mochila de grasa demasiado pesada genera un costo muy alto porque aumentan las horas de búsqueda y consumo de alimento y, en igual medida, la competencia feroz con rivales voraces dispuestos a matar o morir por el próximo bocado. Cargar depósitos grasos exagerados también disminuye la eficiencia de los cazadores y recolectores y, más aún, la capacidad de escape ante el ataque de un predador. Pero no somos más cazadores ni recolectores y con el dominio del fuego y luego de la pólvora alejamos a nuestros predadores –incluído el propio hombre. Gordos y flacos llenan el carrito del supermercado con igual eficiencia y tranquilidad, y si tuvieran que escaparse lo harían con igual rapidez en vehículos a motor.

Las fuerzas sinérgicas de nuestros genes y la producción industrial de alimentos están transformado nuestros cuerpos. El gimnasio y la biclicleta aparecen como pequeñas barreras defensivas que por ahora protegen a un grupo poco representativo de las megasociedades. Como paisaje de fondo en esta lucha desigual están los bombardeos multimediáticos con sus permanentes campañas publicitarias y marketing de alto poder de convencimiento que renueva aromas, sabores y promociones imperdibles. Sobrevolando la escena y la confusión de época una bandada de mercaderes lanza desde el aire panfletos con dietas inalcanzables, spas  recuperadores y operaciones reductoras de éxitos efímeros e incomprobables que intentan mantener viva la esperanza de hacernos perder un primer kilo y después, si tenemos suerte, otros más. Empresas y servicios que operan cerrando un círculo perfecto. Primero nos engordan y después prometen adelgazarnos. Negocio redondo. Panza llena. ¿Corazón contento?

Rubinstein es prof. Adjunto de la Fac. de Ciencias Exactas y Naturales (FCEyN), UBA. Investigador Principal del CONICET.

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