Adopción de embriones: los nuevos caminos hacia la paternidad. Por Georgina Elustondo

Les pasó lo que les pasa a muchas parejas que se ven obligadas a jugarse en un consultorio el sueño de un hijo: con el correr de los años, Ana y Ariel se fueron deshaciendo en un puñado de funciones, cálculos y valores de laboratorio. Ariel pasó a ser un “factor masculino severo” (en su caso, un hombre sin espermatozoides en su líquido seminal); Ana, una mujer de treinta y largos, con el reloj biológico en contra y los óvulos en franco proceso de deterioro; el vínculo, un desencuentro, un amor discapacitado a la hora de algunos sueños, un no. “No había con qué -repasa ella–. Tras siete años de tratamientos frustrados, la sentencia de muerte también alcanzó a mis ovarios y quedamos empatados: no servíamos, ninguno de los dos. Eramos el testimonio perfecto de una pareja estéril, sin más posibilidades que la adopción. Jamás imaginamos que tiempo después yo estaría pujando para conocer a mi hijo en una sala de partos”. 

Iván la mira. Clava sus ojos verdes en esa mamá altísima, que se apichona sobre un sillón enhebrando recuerdos que la conmueven, y apura pasitos hasta desparramarse en ese cuerpo en el que reconoce un hogar. Se saca el chupete, pide upa, vacía una plasticola verde sobre la mesa y sigue la charla, atento, como si entendiera que esta historia es también su historia. “No nos contaron nada de su pasado -cuenta Ariel-. No contestaron ninguna pregunta: no sabemos si el embrioncito pasó meses o años congelado ni la edad de sus progenitores ni dónde vivía la pareja que lo donó ni por qué lo hizo”.

“Ni africano ni oriental”: es todo lo que les aclararon sobre su futuro hijo cuando Ana y Ariel se entregaron a la propuesta del doctor Fernando Neuspiller, el sexto especialista en fertilidad que veían en siete años. En la primera consulta, sin anestesia les había confirmado que el diagnóstico que arrojaban los estudios era terminante. “Lo siento, pero yo no perdería más tiempo ni dinero, ni le seguiría poniendo el cuerpo y el corazón a algo que no va a ser -les había dicho-. ¿Pensaron en la adopción de embriones? Si quieren tener un hijo, pueden recibir un embrión de una pareja que haya resuelto dar los embriones que le sobraron de su propio tratamiento de fertilidad”. No fue fácil. Digirieron como pudieron temores y fantasmas y dieron el sí, a ciegas pero confiados. Cuatro semanas después, llorando, riendo, temblando, Ana le rogaba a la telefonista de un laboratorio que chequeara otra vez: “¿Te volverías a fijar? ¿Estás segura? ¿Es mi apellido? ¿Es positivo?” Sí, sería mamá. Uno de los dos embriones que había recibido se aferraba a la vida en un rincón de su vientre. Lo amaron desde aquella ecografía que les regaló su primer latido. Lo llamaron Iván. Nació en octubre de 2008. Ana, su mamá, fue a la cesárea como a una fiesta.

Se llama embriodonación y es una técnica de reproducción asistida poco promocionada -y hasta silenciada, en algunos casos– pero cada vez más frecuente en la Argentina. “Es una excelente opción para aquellas parejas con varios fracasos en tratamientos de fertilidad, para mujeres de más de 40 sin pareja o para matrimonios en los que uno de los dos miembros necesita recurrir a la donación de gametos y ambos deciden recibir un embrión para encarar la paternidad en igualdad de condiciones genéticas respecto a ese hijo”, explica la doctora Stella Lancuba, del Centro de Investigaciones en Medicina Reproductiva (CIMER). A la vez, es un procedimiento más accesible en términos económicos, porque no es una técnica de reproducción asistida de alta complejidad. En general, puede llegar a costar entre un 10 y un 30% de lo que cuesta un tratamiento de fertilidad, que oscila entre los 12.000 y 15.000 pesos, y hasta algo más en algunos casos.

Actualmente, hay dos posibilidades de embriodonación: la tradicional, que es la donación de embriones criopreservados de pacientes que resolvieron no usarlos y dejarlos a cargo de la clínica; y una modalidad nueva y creciente que es la recepción de un embrión, en general en fresco, fecundado con ovocitos y espermatozoides de donantes voluntarios y anónimos, pero chequeados: “Se les hacen estudios infectológicos, inmunológicos y genéticos para garantizar a los receptores ciertos estándares de salud o la ausencia de enfermedades hereditarias, y se seleccionan los donantes en función del fenotipo -la apariencia física– de la pareja que los demanda”, explica el doctor Roberto Coco, al frente de Fecunditas. “La gente no tiene por qué adoptar a ciegas. Nosotros tratamos de procurarles la mayor compatibilidad posible en relación a los rasgos faciales, el color de ojos y del cabello, etc. Es un servicio pago, privado, y la pareja tiene derecho a solicitar certezas respecto de algunas cuestiones”, dice. En algunas clínicas de fertilidad, hasta preguntan a los potenciales receptores si tienen alguna religión de preferencia. Y algunos cobran muy caro la donación de ovocitos o espermatozoides bajo el concepto de gastos de estudios, medicación estimulante y demás, un monto varias veces superior al que pagan a los donantes. 

Tierra de nadie

Nadie sabe cuántos embriones congelados hay en el país. “Es un dato imposible de aprehender, porque es muy dinámico. Todos los días se congelan y se descongelan embriones”, explica Marcos Horton, al frente de la Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva (SAMER). Hace quince años, a partir de una presentación judicial realizada por el abogado Ricardo Rabinovich en defensa de los embriones congelados, la Justicia porteña ordenó hacer un censo cada seis meses para determinar cuántos embriones había almacenados en las clínicas privadas de la Ciudad. Tras una década de debates, amparos y controversias, en 2006 ocho centros enviaron sus datos, alumbrando un volumen de 12.000 embriones sólo en Capital. “Es un número probable, pero no lo sabemos. Sólo tenemos registros de la cantidad de tratamientos de fertilización in vitro (FIV) que se hacen al año, que son 7.500. Si pensamos que en el 30% se congelan embriones, podemos hablar de unos 2.000 procedimientos de criopreservación anuales”, dice Horton, y enseguida aclara: “Eso no quiere decir que todos esos embriones sean viables ni que estén abandonados. Hay una fantasía de que hay un montón de embriones buscando padres y no es así. No es tan común que haya embriones para donar”, asegura.

Todos los expertos coinciden en que cada vez se congela menos, porque las técnicas han avanzado y hoy la tendencia es la “friendly FIV”: menos estimulación ovárica, menos inyecciones, mejor calidad del “material biológico” utilizado, menor cantidad de embriones a transferir, criopreservación selectiva. “Antes, el 50% de las parejas que hacía una in vitro guardaba embriones, porque se lograban unos 10 o 15 y se transferían entre 3 y 5. Hoy, sólo guarda el 20% de los que hacen tratamiento. Y la tasa de embarazo es mucho mayor”, precisa la doctora Estela Lancuba. “La tendencia es criopreservar ovocitos para evitar los dilemas éticos y mejorar las tasas de embarazo, porque está probado que el embrión congelado se implanta menos. Por eso tratamos de trabajar en fresco, usando esperma y óvulos de donantes y cultivándolos a estadios más tardíos”, explica.

Congelar embriones cuesta alrededor de mil pesos, a los que se debe sumar entre 200 y 300 dólares anuales de mantenimiento. La cifra es menor en relación al monto que hay que reunir para encarar un tratamiento de fertilidad asistida, un lujo de algunos pocos por dos motivos: porque las obras sociales y prepagas no los cubren (en Argentina la esterilidad no es considerara una enfermedad) y porque los centros privados no se apiadan (¿debieran?) al escuchar que allí donde el médico dice “sueño” y dice “hijo”, los pacientes no tienen otra opción que pensar en plata. Mucha plata.

“Nosotros no teníamos definido qué hacer. Encaramos los tratamientos con mucha ilusión y con una mirada de corto plazo. En ese momento no podíamos mirar más allá. Confiamos en que más adelante vendrían las respuestas, las decisiones”, cuenta Mariela, de Devoto. En 1999, tras pasar varios años sin cuidarse, resolvieron recurrir a la fertilización in vitro para lograr un embarazo. “Dejamos todo ahí. Tuvimos que hacer dos intentos y vendimos el auto para ello. Vivíamos en un dos ambientes y no teníamos nada más que nuestros sueldos”, repasa, por teléfono, sin acceder jamás a un encuentro.

Lo lograron. Los cuerpos de ambos respondieron con eficacia de relojería y lograron ocho embriones de excelente calidad. Tuvieron mellizos. “Fue una experiencia fuerte, difícil, y con el tiempo resolvimos que la familia llegaba hasta ahí. No teníamos posibilidades económicas para tener otro hijo”. La crisis de 2001, cuentan, los destruyó. “No llegábamos a fin de mes y pasamos varios años sin pagar la cuota de mantenimiento de los embriones, que era de unos 200 pesos/dólares por año y subió a casi mil. Nos angustiaba mucho el tema y terminamos negándolo, olvidándolo”, confiesa Mariela. Se mantuvieron en ese silencio cómplice y algo culposo hasta una tarde de abril de 2007, cuando un llamado desde la clínica donde habían hecho el tratamiento volvió a poner el tema sobre la mesa. “Nos avisaban que debíamos 1.500 dólares y que si no cancelábamos ese importe, los embriones quedaban a cargo de la clínica para donación. Si aceptábamos, la deuda se condonaba. Fue duro, pero aceptamos. Nuestra familia no sabía que habíamos hecho una in vitro ni que teníamos embriones guardados y, a la vez, no teníamos resto económico ni anímico para iniciar un juicio o hacer quilombo. Si los donaban ellos, de alguna manera nos resolvían un conflicto que ni siquiera podíamos charlar entre nosotros. Nos llevaba puestos”.

Asimetrías

Hay mucho para celebrar. La ciencia avanza sumando vida donde no la hubiera habido. Pero la distribución de esas bondades no siempre es justa. Cuando la naturaleza dice no, generar vida con el propio cuerpo depende hoy, en la mayoría de los casos, del tamaño de la billetera.  “¿Qué es más importante para ustedes: un hijo o un auto? ¿Cuánto vale eso?”, cuentan Ana y Ariel que les dijeron tras el fracaso del tercer tratamiento, cuando tuvieron que admitir que hasta ahí llegaban, porque tenían ganas, fuerzas y sueños, pero no plata. “Llegué a laburar de asistente en uno de los centros para obtener un descuento. Muchas veces me sentí humillada… Tuve que llevar hasta el resumen de la tarjeta de crédito de todo un año para demostrar que no podíamos pagar esos montos y obtener un mínimo descuento. Los médicos están en un lugar de mucho poder. Te cobran 150, 200 pesos la consulta, tienen arreglos con las farmacias que te venden la medicación (que es carísima) y casi nadie te da factura por nada. Estuvimos siete años circulando por varias clínicas, gastando decenas de miles de pesos y no tenemos un solo recibo”, revela Ana entre mate y mate en su pequeño departamento de Lomas de Zamora, mientras hojea los pocos y ambiguos papeles que recogió tras ponerle el cuerpo a todo tipo de análisis y tratamientos en centros de los más reconocidos de Capital.

En la mayoría de los centros, las parejas que congelan embriones se ven obligadas a firmar un consentimiento informado en el cual aceptan la donación de los mismos si deciden no usarlos o si dejan de pagar la cuota anual de mantenimiento. “Nosotros, antes de criopreservar embriones analizamos el compromiso de la pareja respecto al tema, y en todos los casos pedimos que dejen por escrito si los usarán más adelante o los donarán”, cuenta Lancuba. “En nuestra experiencia, el 80% acepta donar. En los casos en que no hubo una decisión de donación y se da un divorcio, nosotros los llamamos y tratamos de ayudarlos a resolver”, dice.

En otros lugares, el consentimiento informado es cosa del pasado. “Yo no creo que sea justo que una pareja se vea forzada a donar y a tener descendencia en el seno de otra familia. No estoy a favor de la donación de embriones excedentes, aun si la pareja lo dejara por escrito, porque esos documentos se firman en un momento de fuerte asimetría entre el médico y el paciente. Es un servicio pago y nadie tiene derecho a decidir sobre esa familia”, dice Coco.

Detrás de la donación de embriones no siempre hay historias de generosidad y altruismo. Según el doctor Fernando Neuspiller, del centro de reproducción IVI Buenos Aires, cuyo relato coincide con el de varios de sus colegas, en muchos casos “hay progenitores que, por diversos motivos, se pierden, desaparecen y abandonan todo contacto con el centro; hay parejas que se separan y pierden interés por esos embriones que fueron su mayor sueño; y hay gente que enviuda y enfrenta situaciones de mucho dolor, con lo cual ese tema pasa a segundo plano”.         

En ningún centro brindan cifras respecto de cuántas parejas han  “abandonado” a sus embriones, un dato que podría calcularse en función del límite de tiempo que cada institución impone en sus consentimientos informados, o a partir de una deuda en el pago de la cuota anual de mantenimiento. “De todos modos, a partir de lo resuelto en la causa Rabinovich, los embriones almacenados no pertenecerían siquiera a sus progenitores; mucho menos, a los centros que los tenemos almacenados. Es ridículo, no tiene asidero en ninguna ley. El año pasado nosotros elevamos un pedido a la Defensoría del Menor porque una familia nos comunicó que quería donar y les dijimos que debían consultar a la Justicia. Nunca nos respondieron y seguimos esperando”, asegura Coco.

Por el vacío legal y por la arremetida de algunos abogados en temas con grandes lagunas en materia de normativa, algunos centros han suspendido la embriodonación. “En Cegyr ya hace unos 3 años que hemos dejado de realizar donación de embriones por los inconvenientes legales surgidos a partir del caso Rabinovich. Seguimos congelando embriones y los padres siguen firmando un consentimiento autorizando la donación en el futuro en caso de no desearlos por diferentes motivos, pero no recurrimos a la donación hasta que el tema legal esté un poco más clarificado. Cada centro actúa según su mejor parecer”, explica Claudio Chillik. 

Desprendimiento

Los embriones se congelan, se guardan, se donan, se trasladan de un centro a otro, se descartan, se investigan y hasta se usan para curar. Todo, en la más completa anarquía o al amparo de autorregulaciones éticas que se autoimponen la mayoría de los médicos y clínicas de fertilidad. Es tal la falta de normas y el nivel de incertidumbre que ni siquiera hay palabras para nombrar tendencias y prácticas de una cotidianeidad innegable.

Ejemplo: el abogado Roberto Arribere, especialista en bioética, explica que es incorrecto incluso hablar de donación. En términos jurídicos, no se donan gametas ni se donan preembriones. “Cuando se trata de material biológico que es fruto de los procesos derivados de las nuevas técnicas de reproducción tenemos que hablar de ‘dación’. Se trata de un acto unilateral, que no requiere ninguna aceptación previa por parte del receptor. En el mismo sentido, tampoco debería decirse que los embriones son adoptados, porque estaríamos hablando de una adopción prenatal y, según la Constitución, sólo se pueden adoptar personas nacidas vivas”, explica. A la vez, en Argentina la madre es la que da a luz, la que pare. “Si una mujer recibe un preembrión y hay un nacido vivo, hablamos de madre y no de madre adoptiva”, precisa el especialista en temas de fertilización asistida. Donar un embrión, por lo tanto, es ceder la maternidad/paternidad. Y, al hacerlo, no se puede volver atrás.

No había resto para pensar más allá. Ni ganas, ni espacio, ni capacidad de instalarse en ese después tan subordinado a la urgencia de un deseo de una intensidad abrumadora. “Enterarte de que no podés cumplir el sueño natural de tener hijos hace que uno se enfrente a su historia de otra manera. Buscás ayuda a las puteadas, sintiéndote incapaz, imperfecto, mal hecho. Pero querés ser padre y te bancás los tratamientos y lo que venga. Soñás con los embriones, necesitás los embriones, querés embriones. Lo que sigue después es para después, es otra historia”, repasa Alejandro Rozitchner, filósofo, escritor, seis años y tres hijos después de aquel puro presente en que con Ximena Ianantuoni, su mujer, se jugaban las ganas de ser papá y mamá en el consultorio de la doctora Esther Polack.

Cuando la meta se llama embrión, coinciden, decidir qué hacer con los embriones que pudieran quedar congelados queda tan lejos que es muy difícil trasladarse hasta allí, a esa segunda parte de una película que adeuda la primera. “Cuando hicimos el primer tratamiento lo único que me importaba era tener un hijo. No pensé en eso hasta después del segundo intento, cuando tuvimos a Bruno”, cuenta Ximena.

Las fotos que colorean sus blogs coronan un final feliz. Sonríe Andrés, de 6 años; lo abraza Bruno, de 3; muerde el chupete Félix, puro rulo, de apenas uno y medio. Mucho antes, hubo dos tratamientos de fertilización, “dos camadas de seis y ocho embriones”, cuatro transferencias, un par de intentos fallidos, dos hermosos bebés y hasta un embarazo natural -el del tercero-, que desafió el diagnóstico de espermatozoides perezosos y sorprendió a una pareja absolutamente alejada de cualquier barrera anticonceptiva. Fue allí, cuando todos los pronósticos resultaron errados y la familia escaló a la feliz categoría de numerosa y “suficiente”, cuando la agenda de los Rozitchner empezó a demandar una decisión respecto de los seis embriones que quedaban en la clínica, esperando destino a 196 grados bajo cero.

“Ya no sólo teníamos tres hijos, que es un montón, sino también la posibilidad de engendrar naturalmente. Debíamos resolver qué hacer con esos embriones, que eran vida, y no era fácil: eran fruto de mis células y las de mi marido, eran parte de nuestros cuerpos, eran nuestros… Pero, ¿eran nuestros? -reflexiona Ximena-. Después de darle vueltas al asunto, de pensarlo y sentirlo desde muchas perspectivas, resolvimos donarlos. Coincidimos en que si bien eran células nuestras, eran hijos de la vida y eran posibles hijos de quienes estuvieran dispuestos a hacerlos hijos suyos”.

Los Rozitchner se “desprendieron” de los embriones hace apenas unos meses, cuando lograron digerir y duelar los distintos momentos que había transitado su vínculo con ellos. “Yo amé a mis embriones -confía Ximena–. Cada vez que pasábamos por la puerta de la clínica donde estaban guardados sentíamos algo muy especial, y hemos ido a comer a un restaurante cercano para saberlos más cerca. Hay un momento en que tus embriones son tus hijos, pero la perspectiva cambia cuando vivís un embarazo y tus hijos salen de vos, les das la teta, los criás, los sostenés y les hacés lugar en tu vida. Ahí te das cuenta de que un hijo es mucho más que un embrión que se hizo con tus células”. Alejandro confirma: “Cuando finalmente los hijos llegan no tenés espacio mental ni emocional para dedicarte a especular qué significan los embriones para vos, porque esos embriones ya tienen uno, dos, tres años y te caminan por la cabeza. Te rompen las pelotas las 24 horas pero te vuelven loco de felicidad de una manera inenarrable”, se ríe este papá hijo único, fascinado por un familión que no deja de sorprenderlo.

Había que soltar a esos embriones, coinciden. “No es sencillo. No es indiferente que sean tus genes ni que puedan eventualmente ser hijos que crecen en el seno de otra familia, pero sentimos que era lo que correspondía hacer… Para mí no fue un gesto altruista: había que dejarlos ir”, dice Alejandro.

Ante un abanico de opciones bastante incómodo y reducido, no dudaron. “O descongelábamos y se morían, y no nos sentíamos tan dueños de la vida como para hacer eso; o los dábamos para que fueran usados para investigación, pero yo no sé qué es eso que llaman investigación; o los donábamos”, enumera Alejandro. Para Ximena, fue un punto de llegada que se tomó un tiempo: en un momento sintió que prefería que esos embriones fueran, para otros, la posibilidad de tener un hijo. “Ese encuentro con parejas que quisieran alojarlos me pareció más importante y trascendente que el hecho de que fueran el resultado de nuestras células. Para mí, un embrión que crece en otra panza, que es deseado por otros, que toma la teta de otra mujer, que es sostenido, cuidado y amado por otros padres no es mi hijo ni es hermano de mis hijos”.

Cuenta Alejandro que escuchó opiniones de todo tipo. “Me han sugerido la idea de guardar los embriones por si alguna vez pasara algo con mis hijos, como una salvaguardia. Pero si algo les pasara quedaría arruinado. Y no somos personas que decidamos en función del miedo”, dice.

Identidad

Se les quemaron todos los papeles. Buscaron en Internet, recorrieron libros sobre adopción, trataron de encontrar ayuda en los consejos a tientas de un psicólogo amigo. “Le vamos a decir la verdad porque le pertenece. Tiene derecho a saber. Pero todavía no sabemos bien qué vamos a contarle, ni cómo”, confiesa Ariel. ¿Qué decirle? ¿Que es adoptado? ¿Lo es? ¿Cómo explicarle que su cuerpo tiene los genes de otra pareja, pero que estuvo en la panza de Ana y que desde allí, desde adentro, celebró a pura patada cada vez que Ariel se acercó a contarle que era “papá”? ¿Cómo decirle que tomó la teta a lo largo de casi un año y que es muy probable que su pasión por las aceitunas esté asociada a los sabores del útero que Ana le convidó durante meses a puro antojo…? ¿Cómo transmitirle, a Iván, que a pesar del amor infinito y a pesar de todas las “postales” que lo describen su hijo, fue concebido por otros padres? ¿Importa?

El tema del derecho a la identidad es uno de los ejes más controvertidos de la recepción y donación de embriones. En Argentina no hay ley y nadie sabe qué ocurrirá en el futuro cuando una norma establezca derechos y obligaciones. “Todos los sistemas de dación provenientes de bancos de donantes se basan en el anonimato recíproco entre dadores y receptores, de forma tal de evitar situaciones difíciles futuras, como reclamos por desconocimiento de  paternidad/maternidad, o por cuestiones vinculadas al derecho de familia (derechos alimentarios o sucesorios, etc.). En ese punto, la existencia del consentimiento informado es un elemento fundamental. El mayor problema se presenta en los casos en que la dación no proviene de donantes de bancos sino de familiares o personas conocidas de la pareja receptora, en los que más allá de las acciones legales se suma el entrecruzamiento de roles familiares y parentales y/o sociales”, dice el abogado Roberto Arribere, especialista en bioética y en temas vinculados a las nuevas técnicas de reproducción.

En lo que hace al derecho a la identidad, según Arribere, “la tendencia predominante en materia de legislación es proclive a reconocer que los receptores y los hijos nacidos a partir de la embriodonación o de la donación de gametos tienen derecho a conocer una información general de los donantes que no incluya su identidad. Pero ante una situación de peligro cierto para la vida o la salud del hijo o cuando sea necesario para el esclarecimiento de algún delito, la identidad de los donantes puede ser revelada. De todos modos, eso no implicará la determinación legal de la filiación, ni producirá relación jurídica alguna entre el hijo y quienes hayan resultado ser sus dadores”, explica el abogado.

Para los padres receptores los temores y fantasmas existen. Desde que nació Iván, Ana nunca lo llevó a Capital. La angustia, dice, que se encuentre con algún hermano que sea idéntico y que esa persona se dé cuenta de que era el embrión que donó. “Es una tontería, ya sé, pero ¿cómo lo combato? Es todo nuevo”, se angustia.

Para Alejandro y Ximena, no es un tema. “Muchas veces me han preguntado si me asustaba que algún día, por las vueltas de la vida, dos hermanos se casaran sin saberlo. Pero no, no me pasa. Aunque sucediera algo así, no serían hermanos, porque ser hijo y ser hermano es muchísimo más que compartir una información genética”, devuelve ella. Tampoco teme la escena de un eventual encuentro con esa persona que alguna vez fue su embrión. “Los parecidos genéticos están absolutamente mezclados y transformados por los parecidos gestuales y las influencias amorosas y ambientales. Pasa todo el tiempo que la gente, sin saberlo, ve parecidos donde no hay genética en común. No es un tema para mí”. Para su marido sí, es una inquietud. Pero se entrega a lo que el destino le propuso, le exigió, y se relaja: “La vida es eso -se ríe–: un enchastre”.

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