MURIÓ EL GRAN HUMORISTA LESLIE NIELSE

Un grande!

El actor cómico canadiense, que se hizo famoso como el torpe teniente Frank Drebin en La pistola desnuda, falleció este domingo en Florida a los 84 años por complicaciones surgidas de una neumonía, dijo su portavoz.

El portavoz dijo que Nielsen murió en un hospital cerca de su domicilio en Fort Lauderdale (Florida), rodeado por su esposa y amigos a las 17:34 hora local (22:34 GMT).

Según indicaron los médicos, el actor llevaba doce días internado, pero las últimas 48 horas la infección avanzó demasiado.

Sus allegados pidieron a sus fans y amigos que, en vez de enviar flores, remitan donaciones en su nombre a organizaciones benéficas.

Nacido en Regina (Canadá) el 11 de febrero de 1926, Nielsen participó en más de 100 películas y cientos de programas de televisión a lo largo de su trayectoria, pero consiguió apenas dos candidaturas a los premios Emmy, por las series “Day by Day” (1988) y “Police Squad!” (1982).

Llegó a Hollywood a mediados de la década de 1950 tras aparecer en decenas de dramas para televisión en Nueva York. Comenzó a ejercer de galán en varios films debido a su altura y su presencia. Pero en su interior residía una vena cómica que no explotaría hasta el éxito mundial de Y dónde está el piloto, de Jim Abrahams y los hermanos Jerry y David Zucker. Posteriormente seguirían otras comedias paródicas como las sagas de La pistola desnuda, y Scary Movie.

Casado cuatro veces, tuvo dos hijas con su segunda esposa, Maura y Thea Nielsen.

El cerebro está hecho para pecar

Nacidos para pecar!

Los científicos ahora cuentan con herramientas tecnológicas para revelar la raíz de nuestros impulsos más oscuros, arraigados en lo más profundo de nuestro cerebro.

De acuerdo con estudios neurológicos, la evidencia es contundente: la naturaleza nos quiere malos.

Explore, de la mano de expertos, la naturaleza que nos impulsa a pecar.

Lujuria

¿Alguna vez ha tratado de mostrarle una película pornográfica a alguien que está conectado a un escáner cerebral? No es una tarea fácil.

Primero, porque el escáner contiene un poderoso imán que atrae, a una alta velocidad, cualquier pieza metálica que no esté correctamente atornillada. Los componentes de los televisores no están a salvo.

A eso se suma el ruido. Los aparatos que emiten tomografías por resonancia magnética no son precisamente máquinas silenciosas. El zumbido se convierte en un intruso que indudablemente distraerá a todo aquel que intente relajarse para atestiguar una experiencia sexual.

Encima, el voluntario tiene que estar acostado en una posición perfectamente inmutable para que la persona que esté llevando a cabo la prueba pueda obtener una imagen nítida del cerebro.

Todo apunta a que el proceso no permitirá que la experiencia de ver el film erótico sea placentera.

Sin embargo, los expertos de la Northwestern University de Illinois, en Estados Unidos, han logrado superar estas dificultades prácticas.

Películas eróticas son proyectadas en una pantalla detrás del escáner. El voluntario puede verlas a través de un espejo que está arriba de sus ojos.

Con el objetivo de acallar el ruido, los voluntarios usan audífonos que transmiten los sonidos que realmente necesitan escuchar.

Pero, los problemas no terminan ahí.

“En general, sabemos que los hombres están más interesados en el erotismo visual”, señala Adam Safron, investigador de la universidad estadounidense. “Es una tarea mucho más difícil conseguir que una mujer alcance el mismo grado de excitación (que los hombres)”.

Estos son algunos de los desafíos que enfrentan los neurólogos de Northwestern University cuando intentan entender qué pasa en los cerebros de los hombres y las mujeres experimentan deseos sexuales.

Su investigación es ciertamente poco usual y revela que estamos diseñados para pecar.

Las imágenes de resonancia magnética reflejan que el sistema límbico (encargado de procesar respuestas fisiológicas frente a estímulos emocionales) en ambos sexos se activa cuando vemos algo que nos gusta.

Estructuras como el núcleo accumbens, involucrado en el placer y en las ansias, son el corazón del sistema. Son la cara deleitable del pecado.

Existe una razón obvia detrás de nuestra inclinación hacia la lujuria: pasar nuestros genes. La Madre Naturaleza nos anima a desarrollar un interés activo en la procreación.

Gula

El sistema de circuitos de recompensa de nuestros cerebros también se activa cuando comemos. “Encontrar gratificación en ese tipo de cosas responde a una lógica evolutiva. Si queremos organismos que se reproduzcan, también queremos que coman”.

No obstante, el acto de comer por sí solo no tiene nada de malo. Se convierte en un problema cuando se transforma en gula. Y parece que incluso en ese caso podemos culpar a la naturaleza.

En el ambiente en el que evolucionamos, los alimentos eran más escasos. No había ni tortas de chocolate ni hamburguesas”, apunta Safron. “Durante gran parte de nuestra historia (como especie), la vida era muy difícil y esas condiciones adversas fueron las que modelaron nuestros cerebros. Fue cuando se estableció cuánto queríamos los alimentos y cuán gratificantes nos parecen”.

Así que lo que en un momento fue un instinto de supervivencia ahora está vinculado al pecado. De hecho, se ha convertido en un problema que afecta a unos más que a otros.

“Algunas personas se sienten avasalladas por los llamados de la naturaleza”, explica Safron. “Están demasiado motivadas a conseguir ciertas cosas y terminan siendo poco saludables dentro de los actuales estándares de vida. Se trata de la misma predisposición biológica que, en el pasado, les hubiese permitido adaptarse bien (al contexto)”.

Pareciera ser que muchos de nosotros, hemos nacido demasiado tarde. De hecho, algunos siglos después. Ese impulso irresistible por el pastel de chocolate nos hubiese dejado muy bien parados en el año 4.000 a.C.

Pereza

Safron también considera que la pereza o la tendencia a no hacer absolutamente nada tiene sus raíces en nuestro proceso evolutivo como especie.

“Nunca teníamos la certeza de cuándo volveríamos a ingerir una comida sustanciosa. Así que, si era posible, descansábamos. Las calorías que no quemábamos mientras llevábamos a cabo actividades, las podíamos usar para procesos corporales de crecimiento o de recuperación”.

Así que parece ser cierto. La Madre Naturaleza ha diseñado nuestros cerebros de manera que ciertas cosas nos producen placer para maximizar nuestros chances de sobrevivir como especie y transmitir nuestros genes.

Envidia

Pero no todos los pecados son placenteros. Un ejemplo es la envidia, ya sea que la sintamos cuando un colega es ascendido o cuando un compañero es seleccionado para jugar de titular primero que nosotros.

Nadie realmente disfruta ese sentimiento pero científicos en el Instituto Nacional de Ciencias Radiológicas de Japón han estado provocándolo deliberadamente.

A un grupo de voluntarios hombres se le presentó los perfiles de personas:

  • Un hombre muy inteligente, con metas similares en la vida que los voluntarios, popular entre las mujeres y con una novia muy atractiva.
  • Una mujer exitosa, inteligente, atractiva para los hombres, pero con diferentes objetivos en la vida que los voluntarios.
  • Una mujer mediocre y nada popular.

Las mismas descripciones se le mostraron a un grupo de voluntarias, aunque con el género de los ejemplos al revés.

Mientras los participantes, conectados a escáneres cerebrales, leían los tres perfiles, los científicos observaban cuál era la región en la que fluía más sangre, y, por ende, la más activa.

Cuando todos los voluntarios, sin excepción, leyeron sobre la persona exitosa que tiene una pareja atractiva, se registró una reacción en una región del cerebro conocida como la corteza cingulada anterior.

“Es el área del cerebro vinculada en el procesamiento del dolor físico, así que la envidia es una emoción dolorosa”, señala Hidehiko Takahashi, uno de los investigadores del estudio realizado el año pasado en Japón.

Si la envidia nos causa dolor ¿por qué la Madre Naturaleza es tan cruel que la incluye en el diseño de nuestros cerebros?

El mensaje importante de ese estudio, explica Takahashi, es que hubo una respuesta más contundente en la corteza cingulada anterior cuando los voluntarios y los estudiantes estaban leyendo el perfil de la persona que compartía los mismos objetivos.

“Existe un elemento positivo o constructivo en la envidia: nos motiva a mejorar nuestro propio desempeño o, si es difícil derrotar al rival, nos impulsa a concebir otras estrategias o cambiar las metas que nos propusimos o nuestros intereses”.

Pero, la envidia tiene un lado oscuro. “Nos hace desearle algo malo a la otra persona. Puede inducir a un comportamiento inmoral o incluso criminal”.

Soberbia

La soberbia también presenta los dos lados de la moneda.

En Montclair State University, a las afueras de la ciudad de Nueva York, un grupo de científicos ha estado bloqueando, temporalmente, ciertas partes del cerebro por medio de la estimulación magnética transcraneal.

La idea es simple: si puedes suspender la actividad de una determinada parte del cerebro, puedes llegar a descubrir de qué está encargada esa sección.

El procedimiento consiste en colocar cerca de la cabeza del voluntario una bobina que interrumpa el flujo eléctrico de las células cerebrales o neuronas.

Los participantes portan un dispositivo, que se parece a un gorro de natación, con unas marcas preestablecidas de los puntos en la materia gris que servirán de blancos.

Cuando el campo magnético golpea la corteza prefrontal medial del cerebro, algo interesante ocurre: “Lo que normalmente vemos, al menos en los voluntarios estadounidenses que participaron en el estudio, es una pequeña sensación de realce”, indica el profesor Julian Paul Keenan, director del laboratorio de imágenes neuronales.

“Piensan que son un poco mejores de lo que realmente son”. Pero, la estimulación magnética transcraneal puede desactivar esa sensación de autorealce.

Las palabras usadas por los participantes para describirse a sí mismos y a sus amigos, de repente cambia.

“Sin estimulación cerebral, tienden a decir: ‘Soy inteligente y mi mejor amigo no lo es’. Pero con el aparato encendido, el orgullo se apaga y el vocabulario utilizado para definirse a sí mismos fue mucho menos adulador”, explicó Keenan.

“Acabamos de finalizar el estudio de un fenómeno conocido como ‘exceso de reivindicación’, que se da cuando las personas pretenden saber cosas que en realidad desconocen. Si les doy una palabra que inventé como ‘trianic’, ellos realmente pensaran que conocen el término, cuando en realidad ni existe. Dirán: ‘Sí, claro, he visto esa palabra antes, tiene que ver con biología'”.

Basta con mover un interruptor y se apaga la majadería. Lo curioso es que la investigación de Keenan muestra que la modestia se origina en el mismo área, así que parece que es sencillamente arrogancia -u orgullo- disfrazado. “Son dos caras de la misma moneda”, dice.

Los investigadores en Montclair están, en la actualidad, analizando si al remover la soberbia, con bloqueos en la corteza prefrontal medial del cerebro, provoca algo de depresión. Sin embargo, es aún prematuro para sacar conclusiones.

“Otros han encontrado que las personas que no experimentan la tendencia al autorealce son más proclives a sufrir de depresión. Si te das cuenta de cuán gordo realmente estás, el ánimo se te desplomará. En muchos casos, no es bueno verte a través de los ojos de los otros. Por eso es que un poco de ego es muy positivo”, aseveró Keenan.

Volvemos a la misma idea del principio: moderación. “Es un tema constante en biología: ni demasiado, ni muy poquito”, señaló Safron.

Pero en algunas personas, los condicionamientos de la naturaleza tienden a ser excesivos, al menos en el mundo moderno.

Tendría sentido entonces que nosotros, la especie civilizada del planeta, hubiéramos desarrollado un sistema de autocontrol para mantener nuestros instintos más básicos en raya.

En un experimento llevado a cabo en la Universidad de Montreal en Canadá, voluntarios vieron películas eróticas mientras sus cerebros eran escaneados.

Las imágenes produjeron reacciones en las partes más profundas y primitivas del cerebro, lo cual no le sorprende a nadie.

Pero, cuando se les pidió reprimir mentalmente su excitación sexual, dos partes diferentes del cerebro se activaron: la circunvolución frontal superior derecha y la circunvolución del cíngulo anterior derecho. Ambas secciones están ubicadas en los lóbulos frontales del cerebro, las partes del cerebro que hace a los seres humanos más humanos; las áreas que, entre otras cosas, son responsables de la conciencia.

Ira

Estudios sobre la ira muestran un panorama similar.

Unos científicos osados de la Universidad de New South Wales en Australia fustigaron a unos voluntarios para saber qué pasaba en sus cerebros cuando se enfurecían.

En aquellos de carácter melancólico y proclives a guardar rencor, más que en aquellos de personalidad explosiva, la corteza prefrontal medial (ubicada en los lóbulos frontales del cerebro) se activó rápidamente. Se trata de la región involucrada en moderar el comportamiento.

“Algunas personas son mejores que otras cuando tienen que inhibir sus impulsos”, señaló Safron. “Otras personas podrían tener la misma reacción frente a un tipo específico de comportamiento, pero podrían experimentar menos inhibición frontal”.

De manera que, en algunos de nosotros pareciera que la bestia primitiva que llevamos dentro tiene más probabilidades de salirse con la suya.

Las elecciones que hacemos en nuestras vidas son con frecuencia el resultado del diálogo que se establece entre las regiones primitiva y avanzada del cerebro.

“Estas partes de la evolución ancestral de nuestro cerebro están constantemente interactuando con la corteza, que se ha expandido más recientemente, para producir el comportamiento”.

Pero, acota Safron, la parte emocional del cerebro, el sistema límbico, y la corteza avanzada se necesitan mutuamente para funcionar.

“Si se cortan las conexiones entre ellos, es muy difícil para la persona regular su comportamiento”.

Ningún estudio demuestra esto más claramente que la investigación sobre psicópatas llevada a cabo por científicos del King’s College de Londres.

El año pasado, los investigadores usaron una poderosa nueva técnica de escaneo para obtener imágenes de resonancia magnética con tensor de difusión. El objetivo era estudiar la estructura cerebral de nueve criminales condenados por intento de asesinato, homicidio y violaciones múltiples con estrangulación.

El hallazgo fue que los nueve psicópatas presentaban más deficiencias en las conexiones entre su amígdala cerebral (conjunto de núcleos de neuronas que procesan y almacenan reacciones emocionales) y su corteza prefrontal que otras personas de su misma edad y con su mismo coeficiente intelectual.

Avaricia

Pero ¿no es nuestro comportamiento el resultado de nuestra naturaleza combinada con nuestro entorno, de las influencias que nos permean a medida que crecemos?

Desgraciadamente, cuando hablamos de la avaricia no existen estudios del cerebro que nos den una repuesta. “Los mecanismos de la avaricia podrían ser más complicados”, dice Safron.

“Si hablamos de algo que podría estar influenciado por predisposiciones biológicas, la glotonería o la lujuria deberían mencionarse. Sabemos, por ejemplo, que hay neuroquímicos que aumentan o disminuyen la libido. Pero, hay algunas cosas que son universales y que no son necesariamente innatas y la avaricia podría ser una de ellas. Podrían haber bases innatas para la avaricia, pero debido a que es un fenómeno más complejo, podría estar más condicionado por el aprendizaje”.

El grado en que la naturaleza o la educación nos conduce a ser malos depende del pecado. Pero cuando se trata de los deseos más simples, como comer o tener relaciones sexuales, no hay duda de lo que hay detrás de ellos.

“Una vez escuché que las emociones son los verdugos de la evolución. Son los instrumentos que usa la selección natural para hacer que los organismos logren propagar sus genes”, reflexiona Safron.

Somos los títeres de la naturaleza que bailamos a un son que ha sido reforzado por generaciones.

Y esa probablemente es la mejor excusa para devorarse sin remordimiento ese pastel de chocolate…

Una película de ciencia ficción reavivó una vieja duda: ¿los nazis desarrollaron tecnología ovni?

Una película de ciencia ficción reavivó una vieja duda: ¿ llegaron los nazis a crear sus propios ovnis?

Una revista alemana informó sobre presuntos testigos que vieron objetos voladores con la cruz de malta, y hasta afirman que se construyeron 15 prototipos.

El film “Iron Sky” (cielo de acero), una extraña mezcla de sci-fi y comedia, se centra en la figura de un oficial de las temibles SS que realmente existió, Hans Kammler, quien -de acuerdo al relato- hacia fines de la Segunda Guerra Mundial habría logrado quebrar el límite de la gravedad en sus experimentos.

Así, desde una base instalada en el Ártico, se lanzaron las primeras naves hitlerianas para fundar una colonia, la Schwarze Sonne (Sol Negro), en el lado oscuro de la Luna, desde la cual retornarían a la Tierra en 2018 para intentar subyugar a la humanidad bajo un cuarto Reich.

Aunque la historia de la película es fantástica, o simplemente un bolazo grande como una casa, la revista alemana PM asegura que “existe evidencia” de que el programa para desarrollar un ovni nazi estaba “muy avanzado”, publicó el sitio británico Telegraph.

Aparentemente, al ver que la guerra se le tornaba desfavorable, Hitler habría ordenado al jefe de la Luftwaffe (la fuerza aérea alemana), Hermann Goering, la creación de una “súper arma” para cambiar el curso de la contienda.

La revista PM reporta sobre un supuesto testigo ocular que vio un objeto volador con la cruz de hierro que sobrevoló el Támesis hacia 1944. También, citan un artículo del New York Timesque hacia la misma época reportó sobre “un misterioso disco” que sobrevoló la ciudad a “altísima velocidad”.

Según afirman, el programa se llamó Schriever-Habermohl, por los científicos Rudolf Schriever y Otto Habermohl. Este último era ingeniero y piloto de pruebas. Aparentemente, fue luego capturado por los soviéticos.

Aunque al principio el proyecto perteneció a la fuerza aérea alemana, dentro de las fuerzas del reich había una puja por tenerlo: lo reclamó el ministro de Armamento nazi Albert Speer, pero luego volvió a manos de Kammler.

Testigos capturados por los aliados al finalizar la guerra aseguraron que se desarrolló un objeto volador en Praga, capital de República Checa, entonces bajo poder de los germanos.

Es más, siempre bajo la versión de la revista PM, Josep Andreas Epp, un ingeniero que sirvió de ayudante al proyecto Schriever-Habermohl, se llegaron a producir 15 prototipos.

Epp describió el funcionamiento: una cabina central, rodeada por un círculo de aspas móviles que al rotar puede cambiar su posición de vertical a horizontal. De esa manera, al despegar, podría hacerlo como los helicópteros. Estas aspas además contaban con pequeños propulsores, para darle al objeto impulso.

Pese a que, más allá de los dichos del supuesto científico nazi publicados en la revista PM no existen evidencias tangibles de los objetos, en Internet existen cientos de sitios web donde se menciona el proyecto Schriever-Habermohl.

Adopción de embriones: los nuevos caminos hacia la paternidad. Por Georgina Elustondo

Les pasó lo que les pasa a muchas parejas que se ven obligadas a jugarse en un consultorio el sueño de un hijo: con el correr de los años, Ana y Ariel se fueron deshaciendo en un puñado de funciones, cálculos y valores de laboratorio. Ariel pasó a ser un “factor masculino severo” (en su caso, un hombre sin espermatozoides en su líquido seminal); Ana, una mujer de treinta y largos, con el reloj biológico en contra y los óvulos en franco proceso de deterioro; el vínculo, un desencuentro, un amor discapacitado a la hora de algunos sueños, un no. “No había con qué -repasa ella–. Tras siete años de tratamientos frustrados, la sentencia de muerte también alcanzó a mis ovarios y quedamos empatados: no servíamos, ninguno de los dos. Eramos el testimonio perfecto de una pareja estéril, sin más posibilidades que la adopción. Jamás imaginamos que tiempo después yo estaría pujando para conocer a mi hijo en una sala de partos”. 

Iván la mira. Clava sus ojos verdes en esa mamá altísima, que se apichona sobre un sillón enhebrando recuerdos que la conmueven, y apura pasitos hasta desparramarse en ese cuerpo en el que reconoce un hogar. Se saca el chupete, pide upa, vacía una plasticola verde sobre la mesa y sigue la charla, atento, como si entendiera que esta historia es también su historia. “No nos contaron nada de su pasado -cuenta Ariel-. No contestaron ninguna pregunta: no sabemos si el embrioncito pasó meses o años congelado ni la edad de sus progenitores ni dónde vivía la pareja que lo donó ni por qué lo hizo”.

“Ni africano ni oriental”: es todo lo que les aclararon sobre su futuro hijo cuando Ana y Ariel se entregaron a la propuesta del doctor Fernando Neuspiller, el sexto especialista en fertilidad que veían en siete años. En la primera consulta, sin anestesia les había confirmado que el diagnóstico que arrojaban los estudios era terminante. “Lo siento, pero yo no perdería más tiempo ni dinero, ni le seguiría poniendo el cuerpo y el corazón a algo que no va a ser -les había dicho-. ¿Pensaron en la adopción de embriones? Si quieren tener un hijo, pueden recibir un embrión de una pareja que haya resuelto dar los embriones que le sobraron de su propio tratamiento de fertilidad”. No fue fácil. Digirieron como pudieron temores y fantasmas y dieron el sí, a ciegas pero confiados. Cuatro semanas después, llorando, riendo, temblando, Ana le rogaba a la telefonista de un laboratorio que chequeara otra vez: “¿Te volverías a fijar? ¿Estás segura? ¿Es mi apellido? ¿Es positivo?” Sí, sería mamá. Uno de los dos embriones que había recibido se aferraba a la vida en un rincón de su vientre. Lo amaron desde aquella ecografía que les regaló su primer latido. Lo llamaron Iván. Nació en octubre de 2008. Ana, su mamá, fue a la cesárea como a una fiesta.

Se llama embriodonación y es una técnica de reproducción asistida poco promocionada -y hasta silenciada, en algunos casos– pero cada vez más frecuente en la Argentina. “Es una excelente opción para aquellas parejas con varios fracasos en tratamientos de fertilidad, para mujeres de más de 40 sin pareja o para matrimonios en los que uno de los dos miembros necesita recurrir a la donación de gametos y ambos deciden recibir un embrión para encarar la paternidad en igualdad de condiciones genéticas respecto a ese hijo”, explica la doctora Stella Lancuba, del Centro de Investigaciones en Medicina Reproductiva (CIMER). A la vez, es un procedimiento más accesible en términos económicos, porque no es una técnica de reproducción asistida de alta complejidad. En general, puede llegar a costar entre un 10 y un 30% de lo que cuesta un tratamiento de fertilidad, que oscila entre los 12.000 y 15.000 pesos, y hasta algo más en algunos casos.

Actualmente, hay dos posibilidades de embriodonación: la tradicional, que es la donación de embriones criopreservados de pacientes que resolvieron no usarlos y dejarlos a cargo de la clínica; y una modalidad nueva y creciente que es la recepción de un embrión, en general en fresco, fecundado con ovocitos y espermatozoides de donantes voluntarios y anónimos, pero chequeados: “Se les hacen estudios infectológicos, inmunológicos y genéticos para garantizar a los receptores ciertos estándares de salud o la ausencia de enfermedades hereditarias, y se seleccionan los donantes en función del fenotipo -la apariencia física– de la pareja que los demanda”, explica el doctor Roberto Coco, al frente de Fecunditas. “La gente no tiene por qué adoptar a ciegas. Nosotros tratamos de procurarles la mayor compatibilidad posible en relación a los rasgos faciales, el color de ojos y del cabello, etc. Es un servicio pago, privado, y la pareja tiene derecho a solicitar certezas respecto de algunas cuestiones”, dice. En algunas clínicas de fertilidad, hasta preguntan a los potenciales receptores si tienen alguna religión de preferencia. Y algunos cobran muy caro la donación de ovocitos o espermatozoides bajo el concepto de gastos de estudios, medicación estimulante y demás, un monto varias veces superior al que pagan a los donantes. 

Tierra de nadie

Nadie sabe cuántos embriones congelados hay en el país. “Es un dato imposible de aprehender, porque es muy dinámico. Todos los días se congelan y se descongelan embriones”, explica Marcos Horton, al frente de la Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva (SAMER). Hace quince años, a partir de una presentación judicial realizada por el abogado Ricardo Rabinovich en defensa de los embriones congelados, la Justicia porteña ordenó hacer un censo cada seis meses para determinar cuántos embriones había almacenados en las clínicas privadas de la Ciudad. Tras una década de debates, amparos y controversias, en 2006 ocho centros enviaron sus datos, alumbrando un volumen de 12.000 embriones sólo en Capital. “Es un número probable, pero no lo sabemos. Sólo tenemos registros de la cantidad de tratamientos de fertilización in vitro (FIV) que se hacen al año, que son 7.500. Si pensamos que en el 30% se congelan embriones, podemos hablar de unos 2.000 procedimientos de criopreservación anuales”, dice Horton, y enseguida aclara: “Eso no quiere decir que todos esos embriones sean viables ni que estén abandonados. Hay una fantasía de que hay un montón de embriones buscando padres y no es así. No es tan común que haya embriones para donar”, asegura.

Todos los expertos coinciden en que cada vez se congela menos, porque las técnicas han avanzado y hoy la tendencia es la “friendly FIV”: menos estimulación ovárica, menos inyecciones, mejor calidad del “material biológico” utilizado, menor cantidad de embriones a transferir, criopreservación selectiva. “Antes, el 50% de las parejas que hacía una in vitro guardaba embriones, porque se lograban unos 10 o 15 y se transferían entre 3 y 5. Hoy, sólo guarda el 20% de los que hacen tratamiento. Y la tasa de embarazo es mucho mayor”, precisa la doctora Estela Lancuba. “La tendencia es criopreservar ovocitos para evitar los dilemas éticos y mejorar las tasas de embarazo, porque está probado que el embrión congelado se implanta menos. Por eso tratamos de trabajar en fresco, usando esperma y óvulos de donantes y cultivándolos a estadios más tardíos”, explica.

Congelar embriones cuesta alrededor de mil pesos, a los que se debe sumar entre 200 y 300 dólares anuales de mantenimiento. La cifra es menor en relación al monto que hay que reunir para encarar un tratamiento de fertilidad asistida, un lujo de algunos pocos por dos motivos: porque las obras sociales y prepagas no los cubren (en Argentina la esterilidad no es considerara una enfermedad) y porque los centros privados no se apiadan (¿debieran?) al escuchar que allí donde el médico dice “sueño” y dice “hijo”, los pacientes no tienen otra opción que pensar en plata. Mucha plata.

“Nosotros no teníamos definido qué hacer. Encaramos los tratamientos con mucha ilusión y con una mirada de corto plazo. En ese momento no podíamos mirar más allá. Confiamos en que más adelante vendrían las respuestas, las decisiones”, cuenta Mariela, de Devoto. En 1999, tras pasar varios años sin cuidarse, resolvieron recurrir a la fertilización in vitro para lograr un embarazo. “Dejamos todo ahí. Tuvimos que hacer dos intentos y vendimos el auto para ello. Vivíamos en un dos ambientes y no teníamos nada más que nuestros sueldos”, repasa, por teléfono, sin acceder jamás a un encuentro.

Lo lograron. Los cuerpos de ambos respondieron con eficacia de relojería y lograron ocho embriones de excelente calidad. Tuvieron mellizos. “Fue una experiencia fuerte, difícil, y con el tiempo resolvimos que la familia llegaba hasta ahí. No teníamos posibilidades económicas para tener otro hijo”. La crisis de 2001, cuentan, los destruyó. “No llegábamos a fin de mes y pasamos varios años sin pagar la cuota de mantenimiento de los embriones, que era de unos 200 pesos/dólares por año y subió a casi mil. Nos angustiaba mucho el tema y terminamos negándolo, olvidándolo”, confiesa Mariela. Se mantuvieron en ese silencio cómplice y algo culposo hasta una tarde de abril de 2007, cuando un llamado desde la clínica donde habían hecho el tratamiento volvió a poner el tema sobre la mesa. “Nos avisaban que debíamos 1.500 dólares y que si no cancelábamos ese importe, los embriones quedaban a cargo de la clínica para donación. Si aceptábamos, la deuda se condonaba. Fue duro, pero aceptamos. Nuestra familia no sabía que habíamos hecho una in vitro ni que teníamos embriones guardados y, a la vez, no teníamos resto económico ni anímico para iniciar un juicio o hacer quilombo. Si los donaban ellos, de alguna manera nos resolvían un conflicto que ni siquiera podíamos charlar entre nosotros. Nos llevaba puestos”.

Asimetrías

Hay mucho para celebrar. La ciencia avanza sumando vida donde no la hubiera habido. Pero la distribución de esas bondades no siempre es justa. Cuando la naturaleza dice no, generar vida con el propio cuerpo depende hoy, en la mayoría de los casos, del tamaño de la billetera.  “¿Qué es más importante para ustedes: un hijo o un auto? ¿Cuánto vale eso?”, cuentan Ana y Ariel que les dijeron tras el fracaso del tercer tratamiento, cuando tuvieron que admitir que hasta ahí llegaban, porque tenían ganas, fuerzas y sueños, pero no plata. “Llegué a laburar de asistente en uno de los centros para obtener un descuento. Muchas veces me sentí humillada… Tuve que llevar hasta el resumen de la tarjeta de crédito de todo un año para demostrar que no podíamos pagar esos montos y obtener un mínimo descuento. Los médicos están en un lugar de mucho poder. Te cobran 150, 200 pesos la consulta, tienen arreglos con las farmacias que te venden la medicación (que es carísima) y casi nadie te da factura por nada. Estuvimos siete años circulando por varias clínicas, gastando decenas de miles de pesos y no tenemos un solo recibo”, revela Ana entre mate y mate en su pequeño departamento de Lomas de Zamora, mientras hojea los pocos y ambiguos papeles que recogió tras ponerle el cuerpo a todo tipo de análisis y tratamientos en centros de los más reconocidos de Capital.

En la mayoría de los centros, las parejas que congelan embriones se ven obligadas a firmar un consentimiento informado en el cual aceptan la donación de los mismos si deciden no usarlos o si dejan de pagar la cuota anual de mantenimiento. “Nosotros, antes de criopreservar embriones analizamos el compromiso de la pareja respecto al tema, y en todos los casos pedimos que dejen por escrito si los usarán más adelante o los donarán”, cuenta Lancuba. “En nuestra experiencia, el 80% acepta donar. En los casos en que no hubo una decisión de donación y se da un divorcio, nosotros los llamamos y tratamos de ayudarlos a resolver”, dice.

En otros lugares, el consentimiento informado es cosa del pasado. “Yo no creo que sea justo que una pareja se vea forzada a donar y a tener descendencia en el seno de otra familia. No estoy a favor de la donación de embriones excedentes, aun si la pareja lo dejara por escrito, porque esos documentos se firman en un momento de fuerte asimetría entre el médico y el paciente. Es un servicio pago y nadie tiene derecho a decidir sobre esa familia”, dice Coco.

Detrás de la donación de embriones no siempre hay historias de generosidad y altruismo. Según el doctor Fernando Neuspiller, del centro de reproducción IVI Buenos Aires, cuyo relato coincide con el de varios de sus colegas, en muchos casos “hay progenitores que, por diversos motivos, se pierden, desaparecen y abandonan todo contacto con el centro; hay parejas que se separan y pierden interés por esos embriones que fueron su mayor sueño; y hay gente que enviuda y enfrenta situaciones de mucho dolor, con lo cual ese tema pasa a segundo plano”.         

En ningún centro brindan cifras respecto de cuántas parejas han  “abandonado” a sus embriones, un dato que podría calcularse en función del límite de tiempo que cada institución impone en sus consentimientos informados, o a partir de una deuda en el pago de la cuota anual de mantenimiento. “De todos modos, a partir de lo resuelto en la causa Rabinovich, los embriones almacenados no pertenecerían siquiera a sus progenitores; mucho menos, a los centros que los tenemos almacenados. Es ridículo, no tiene asidero en ninguna ley. El año pasado nosotros elevamos un pedido a la Defensoría del Menor porque una familia nos comunicó que quería donar y les dijimos que debían consultar a la Justicia. Nunca nos respondieron y seguimos esperando”, asegura Coco.

Por el vacío legal y por la arremetida de algunos abogados en temas con grandes lagunas en materia de normativa, algunos centros han suspendido la embriodonación. “En Cegyr ya hace unos 3 años que hemos dejado de realizar donación de embriones por los inconvenientes legales surgidos a partir del caso Rabinovich. Seguimos congelando embriones y los padres siguen firmando un consentimiento autorizando la donación en el futuro en caso de no desearlos por diferentes motivos, pero no recurrimos a la donación hasta que el tema legal esté un poco más clarificado. Cada centro actúa según su mejor parecer”, explica Claudio Chillik. 

Desprendimiento

Los embriones se congelan, se guardan, se donan, se trasladan de un centro a otro, se descartan, se investigan y hasta se usan para curar. Todo, en la más completa anarquía o al amparo de autorregulaciones éticas que se autoimponen la mayoría de los médicos y clínicas de fertilidad. Es tal la falta de normas y el nivel de incertidumbre que ni siquiera hay palabras para nombrar tendencias y prácticas de una cotidianeidad innegable.

Ejemplo: el abogado Roberto Arribere, especialista en bioética, explica que es incorrecto incluso hablar de donación. En términos jurídicos, no se donan gametas ni se donan preembriones. “Cuando se trata de material biológico que es fruto de los procesos derivados de las nuevas técnicas de reproducción tenemos que hablar de ‘dación’. Se trata de un acto unilateral, que no requiere ninguna aceptación previa por parte del receptor. En el mismo sentido, tampoco debería decirse que los embriones son adoptados, porque estaríamos hablando de una adopción prenatal y, según la Constitución, sólo se pueden adoptar personas nacidas vivas”, explica. A la vez, en Argentina la madre es la que da a luz, la que pare. “Si una mujer recibe un preembrión y hay un nacido vivo, hablamos de madre y no de madre adoptiva”, precisa el especialista en temas de fertilización asistida. Donar un embrión, por lo tanto, es ceder la maternidad/paternidad. Y, al hacerlo, no se puede volver atrás.

No había resto para pensar más allá. Ni ganas, ni espacio, ni capacidad de instalarse en ese después tan subordinado a la urgencia de un deseo de una intensidad abrumadora. “Enterarte de que no podés cumplir el sueño natural de tener hijos hace que uno se enfrente a su historia de otra manera. Buscás ayuda a las puteadas, sintiéndote incapaz, imperfecto, mal hecho. Pero querés ser padre y te bancás los tratamientos y lo que venga. Soñás con los embriones, necesitás los embriones, querés embriones. Lo que sigue después es para después, es otra historia”, repasa Alejandro Rozitchner, filósofo, escritor, seis años y tres hijos después de aquel puro presente en que con Ximena Ianantuoni, su mujer, se jugaban las ganas de ser papá y mamá en el consultorio de la doctora Esther Polack.

Cuando la meta se llama embrión, coinciden, decidir qué hacer con los embriones que pudieran quedar congelados queda tan lejos que es muy difícil trasladarse hasta allí, a esa segunda parte de una película que adeuda la primera. “Cuando hicimos el primer tratamiento lo único que me importaba era tener un hijo. No pensé en eso hasta después del segundo intento, cuando tuvimos a Bruno”, cuenta Ximena.

Las fotos que colorean sus blogs coronan un final feliz. Sonríe Andrés, de 6 años; lo abraza Bruno, de 3; muerde el chupete Félix, puro rulo, de apenas uno y medio. Mucho antes, hubo dos tratamientos de fertilización, “dos camadas de seis y ocho embriones”, cuatro transferencias, un par de intentos fallidos, dos hermosos bebés y hasta un embarazo natural -el del tercero-, que desafió el diagnóstico de espermatozoides perezosos y sorprendió a una pareja absolutamente alejada de cualquier barrera anticonceptiva. Fue allí, cuando todos los pronósticos resultaron errados y la familia escaló a la feliz categoría de numerosa y “suficiente”, cuando la agenda de los Rozitchner empezó a demandar una decisión respecto de los seis embriones que quedaban en la clínica, esperando destino a 196 grados bajo cero.

“Ya no sólo teníamos tres hijos, que es un montón, sino también la posibilidad de engendrar naturalmente. Debíamos resolver qué hacer con esos embriones, que eran vida, y no era fácil: eran fruto de mis células y las de mi marido, eran parte de nuestros cuerpos, eran nuestros… Pero, ¿eran nuestros? -reflexiona Ximena-. Después de darle vueltas al asunto, de pensarlo y sentirlo desde muchas perspectivas, resolvimos donarlos. Coincidimos en que si bien eran células nuestras, eran hijos de la vida y eran posibles hijos de quienes estuvieran dispuestos a hacerlos hijos suyos”.

Los Rozitchner se “desprendieron” de los embriones hace apenas unos meses, cuando lograron digerir y duelar los distintos momentos que había transitado su vínculo con ellos. “Yo amé a mis embriones -confía Ximena–. Cada vez que pasábamos por la puerta de la clínica donde estaban guardados sentíamos algo muy especial, y hemos ido a comer a un restaurante cercano para saberlos más cerca. Hay un momento en que tus embriones son tus hijos, pero la perspectiva cambia cuando vivís un embarazo y tus hijos salen de vos, les das la teta, los criás, los sostenés y les hacés lugar en tu vida. Ahí te das cuenta de que un hijo es mucho más que un embrión que se hizo con tus células”. Alejandro confirma: “Cuando finalmente los hijos llegan no tenés espacio mental ni emocional para dedicarte a especular qué significan los embriones para vos, porque esos embriones ya tienen uno, dos, tres años y te caminan por la cabeza. Te rompen las pelotas las 24 horas pero te vuelven loco de felicidad de una manera inenarrable”, se ríe este papá hijo único, fascinado por un familión que no deja de sorprenderlo.

Había que soltar a esos embriones, coinciden. “No es sencillo. No es indiferente que sean tus genes ni que puedan eventualmente ser hijos que crecen en el seno de otra familia, pero sentimos que era lo que correspondía hacer… Para mí no fue un gesto altruista: había que dejarlos ir”, dice Alejandro.

Ante un abanico de opciones bastante incómodo y reducido, no dudaron. “O descongelábamos y se morían, y no nos sentíamos tan dueños de la vida como para hacer eso; o los dábamos para que fueran usados para investigación, pero yo no sé qué es eso que llaman investigación; o los donábamos”, enumera Alejandro. Para Ximena, fue un punto de llegada que se tomó un tiempo: en un momento sintió que prefería que esos embriones fueran, para otros, la posibilidad de tener un hijo. “Ese encuentro con parejas que quisieran alojarlos me pareció más importante y trascendente que el hecho de que fueran el resultado de nuestras células. Para mí, un embrión que crece en otra panza, que es deseado por otros, que toma la teta de otra mujer, que es sostenido, cuidado y amado por otros padres no es mi hijo ni es hermano de mis hijos”.

Cuenta Alejandro que escuchó opiniones de todo tipo. “Me han sugerido la idea de guardar los embriones por si alguna vez pasara algo con mis hijos, como una salvaguardia. Pero si algo les pasara quedaría arruinado. Y no somos personas que decidamos en función del miedo”, dice.

Identidad

Se les quemaron todos los papeles. Buscaron en Internet, recorrieron libros sobre adopción, trataron de encontrar ayuda en los consejos a tientas de un psicólogo amigo. “Le vamos a decir la verdad porque le pertenece. Tiene derecho a saber. Pero todavía no sabemos bien qué vamos a contarle, ni cómo”, confiesa Ariel. ¿Qué decirle? ¿Que es adoptado? ¿Lo es? ¿Cómo explicarle que su cuerpo tiene los genes de otra pareja, pero que estuvo en la panza de Ana y que desde allí, desde adentro, celebró a pura patada cada vez que Ariel se acercó a contarle que era “papá”? ¿Cómo decirle que tomó la teta a lo largo de casi un año y que es muy probable que su pasión por las aceitunas esté asociada a los sabores del útero que Ana le convidó durante meses a puro antojo…? ¿Cómo transmitirle, a Iván, que a pesar del amor infinito y a pesar de todas las “postales” que lo describen su hijo, fue concebido por otros padres? ¿Importa?

El tema del derecho a la identidad es uno de los ejes más controvertidos de la recepción y donación de embriones. En Argentina no hay ley y nadie sabe qué ocurrirá en el futuro cuando una norma establezca derechos y obligaciones. “Todos los sistemas de dación provenientes de bancos de donantes se basan en el anonimato recíproco entre dadores y receptores, de forma tal de evitar situaciones difíciles futuras, como reclamos por desconocimiento de  paternidad/maternidad, o por cuestiones vinculadas al derecho de familia (derechos alimentarios o sucesorios, etc.). En ese punto, la existencia del consentimiento informado es un elemento fundamental. El mayor problema se presenta en los casos en que la dación no proviene de donantes de bancos sino de familiares o personas conocidas de la pareja receptora, en los que más allá de las acciones legales se suma el entrecruzamiento de roles familiares y parentales y/o sociales”, dice el abogado Roberto Arribere, especialista en bioética y en temas vinculados a las nuevas técnicas de reproducción.

En lo que hace al derecho a la identidad, según Arribere, “la tendencia predominante en materia de legislación es proclive a reconocer que los receptores y los hijos nacidos a partir de la embriodonación o de la donación de gametos tienen derecho a conocer una información general de los donantes que no incluya su identidad. Pero ante una situación de peligro cierto para la vida o la salud del hijo o cuando sea necesario para el esclarecimiento de algún delito, la identidad de los donantes puede ser revelada. De todos modos, eso no implicará la determinación legal de la filiación, ni producirá relación jurídica alguna entre el hijo y quienes hayan resultado ser sus dadores”, explica el abogado.

Para los padres receptores los temores y fantasmas existen. Desde que nació Iván, Ana nunca lo llevó a Capital. La angustia, dice, que se encuentre con algún hermano que sea idéntico y que esa persona se dé cuenta de que era el embrión que donó. “Es una tontería, ya sé, pero ¿cómo lo combato? Es todo nuevo”, se angustia.

Para Alejandro y Ximena, no es un tema. “Muchas veces me han preguntado si me asustaba que algún día, por las vueltas de la vida, dos hermanos se casaran sin saberlo. Pero no, no me pasa. Aunque sucediera algo así, no serían hermanos, porque ser hijo y ser hermano es muchísimo más que compartir una información genética”, devuelve ella. Tampoco teme la escena de un eventual encuentro con esa persona que alguna vez fue su embrión. “Los parecidos genéticos están absolutamente mezclados y transformados por los parecidos gestuales y las influencias amorosas y ambientales. Pasa todo el tiempo que la gente, sin saberlo, ve parecidos donde no hay genética en común. No es un tema para mí”. Para su marido sí, es una inquietud. Pero se entrega a lo que el destino le propuso, le exigió, y se relaja: “La vida es eso -se ríe–: un enchastre”.

La envidia y sus razones evolutivas

El uso de técnicas experimentales en economía en los últimos años ha permitido descubrir evidencias sobre la toma de decisiones de las personas, que no solamente se guían por su propio beneficio sino también por las ganancias materiales que puedan tener otros individuos de su red social. Por envidia, en definitiva.

Pero en este marco quedaba un reto para los científicos: descubrir el origen evolutivo de la envidia y probar de forma teórica los posibles efectos de la misma en las empresas. Y eso es lo que ha tratado de realizar el Catedrático del Departamento de Economía de la Universidad Carlos III de Madrid, Antonio Cabrales, en una nueva investigación, publicada recientemente en SERIEs, la revista de la Asociación Española de Economía.

El concepto de envidia empleado en el estudio es el que se conoce en términos técnicos como “aversión a la desigualdad”. Es decir, los individuos están dispuestos a gastar recursos de todo tipo (monetarios, esfuerzo, etc) con tal de reducir las diferencias de bienestar material respecto a otras personas.  La investigación plantea la envidia como resultado de una competición por unos recursos limitados. “Lo que se demuestra en el artículo es que hay poderosas razones evolutivas para que seamos envidiosos y, por tanto, que la llevamos codificada en los genes“, afirma el profesor Cabrales.

Según esta hipótesis, la envidia puede tener su origen en el hecho de que los recursos que se obtienen en el trabajo, por ejemplo, se utilicen después en algún tipo de conflicto interpersonal, como a la hora de obtener la mejor pareja o la dominancia en el rebaño. En estos casos, es importante haber acumulado más recursos que el contrario, de manera que la victoria no solo dependería de tener mucho, sino de tener más que otra persona.

“Por esto es importante que la educación y la formación corrijan unas tendencias de consecuencias potencialmente nefastas para el individuo y el grupo, como ya hacen desde el decálogo bíblico hasta el Otelo de Shakespeare”, recuerda el economista.

Envidia en el trabajo

En el estudio se han empleado técnicas de teoría de juegos aplicadas a los problemas de decisión interpersonal e intertemporal planteados. Por otra parte, también se ha llevado a cabo una parte experimental para analizar los efectos de la envidia en sujetos reales. Para ello, se puso a un grupo de estudiantes de grado en un laboratorio informático para que tomaran decisiones que tenían efectos monetarios concretos sobre ellos y simultáneamente sobre otras personas. Por último, la investigación ha profundizado en el análisis de datos utilizados en los mercados laborales, para tratar de discernir cómo afecta la envidia a diversas variables contractuales, salariales, movimientos entre empresas, etc.

Una de las conclusiones que se extraen el estudio es que hay muchos fenómenos del mercado de trabajo que son más fáciles de entender una vez que se tiene en cuenta la envidia. Por ejemplo, debido a las promociones internas o los abanicos salariales los trabajadores están más comprimidos en las empresas de lo que se esperaría si simplemente se considerara la productividad de los individuos.

“Los efectos de la envidia – indica Cabrales – se pueden ver en promociones más lentas de lo que sería recomendable por cuestiones de eficiencia y en que los abandonos de la empresa de personas de mayores calificaciones puede tener efectos serios en los que se quedan”, concluye.