La cultura griega es de pelicula

 

Si los antiguos griegos hubieran inventado un sistema de derechos de autor duradero, además de la torta de queso, el teatro y la democracia, quizás los griegos modernos no tendrían tantos problemas. Mientras tanto, las editoriales y los estudios cinematográficos de todo Occidente se enriquecen con las historias y los personajes extraídos del mundo griego antiguo: un auge de novelas y películas helenistas que llegó a su punto cúlmine con el estreno de la nueva versión en 3D con un presupuesto altísimo de “Furia de Titanes”. Diría que toda esta usurpación es irónica, pero sería meter el dedo en la llaga: los griegos también inventaron la ironía.

La deuda que la cultura occidental tiene con la antigua Grecia es tan grande que casi no hace falta calcularla. En la era del romanticismo, Shelley reescribió una de las obras de Esquilo para poner la atención en la guerra de la independencia griega; “La Odisea” le dio a Joyce la base para una obra de arte del modernismo del siglo XX.

Más cercano a nuestros tiempos, los productores de la versión de Hollywood de  “Furia de Titanes” (1981) se concentraron en el mito de Perseo para… bueno, no queda claro lo que intentaban hacer, más allá de exhibir los divinos mechones de Harry Hamlin (dio resultado).

En los últimos años, los artistas hurgaron en ese baúl más frecuentemente que lo habitual. Los artistas modernos necesitan identificar el espíritu que inspiró las historias todos esos siglos atrás y traducirlo a las diferentes circunstancias actuales. El controvertido historial de intentos por hacerlo sugiere que necesitan más ayuda que la que obtuvieron hasta ahora.

La literatura imaginativa, en particular los poemas y las obras de teatro, es el monumento más legítimo y duradero a la gloria que fue Grecia. Las epopeyas de Homero, “La Ilíada” y “La Odisea”, describen un mundo en el que los dioses se mezclan con los mortales: conspirando, luchando, teniendo sexo. La fusión del espectáculo sobrenatural y el gran drama humano es muy fotogénico, lo cual lo hace muy atractivo para Hollywood. Sin embargo, esto no significa que hacerlo bien sea fácil.

Piensen en una película de hace unos pocos años: “Troya”. En su nuevo libro “La guerra que mató a Aquiles”, Caroline Alexander observa que “no hay acción en la Ilíada que no tenga una impronta divina”. Pero la película suprimió a los dioses, dejando que la psicología individual explicara la Guerra Troyana lo mejor que pudo, lo que terminó haciendo muy mal.  Aquiles (Brad Pitt), no era una máquina asesina mitad dios mitad persona, cuya increíble furia guerrera hacía que sus remordimientos por la guerra fueran dolorosamente conmovedores: era más parecido a un surfista quisquilloso.

Mantenerse fiel al espíritu de los griegos —sacando de los mitos lo que Homero y los demás pusieron en ellos— significa darles un rol más libre a la sensación de asombro que ellos llevaban consigo cuando exploraban su mundo misterioso.  “Percy Jackson y los dioses del Olimpo: El ladrón del rayo” logra un resultado un poco mejor. Basada en la serie de novelas de Rick Riordan, la película imagina que los dioses griegos siguen estando muy involucrados con los seres humanos. De hecho, tanto, que siguen fecundándolos.

El protagonista descubre que aunque parece un estudiante indiferente con dislexia y placer por la natación, en realidad es hijo de Poseidón, el dios del mar.

Mientras Percy se embarca en una aventura para rescatar a su madre, que es sólo una mortal, atraviesa un espectro de mitos griegos todos mezclados. De ese modo, el Monte Olimpia se levanta muy por encima del Empire State, y la encantadora isla de los lotófagos de “La Odisea” se convierte en el Lotus Casino de Las Vegas. En las manos del director Chris Columbus, parte de esto sale bien. Percy se enfrenta a un enorme minotauro capaz de sacudir un Buick que hubiera espantado al mismo viejo Teseo.

Incluso con más inteligencia, Percy usa la parte posterior brillante de su iPod para evitar convertirse en piedra cuando se enfrenta con Medusa.

Sin embargo, los momentos encantadores de la película no logran superar del todo una trampa: cómo ubicar el espectáculo del Olimpo en el mundo moderno. Uma Thurman merece mejor destino que el rol que desempeña aquí, haciendo de Medusa como una pantera de cabello serpenteado que seduce al dulce Percy; y Pierce Brosnan parece tan desconcertado como yo al ver a un centauro gruñón representado por ese actor.

Extraños impactos de mitos distantes y realidad familiar sugieren que Homero y los grandes escritores de tragedias de Atenas sabían lo que estaban haciendo cuando ubicaban casi todas sus historias en el pasado remoto. En “Tragedia griega”, el nuevo estudio exhaustivo sobre Esquilo, Sófocles y Eurípides, Edith Hall sostiene que ese cambio de época era fundamental para los dramaturgos, ya que les brindaba una forma de cristalizar “las ansiedades, aspiraciones, tensiones y contradicciones que son la base de la sociedad y el pensamiento atenienses”.

Más allá de su brillantez para contar historias, es esta insistencia en que la literatura trate de responder las preguntas difíciles lo que permite que la cultura griega perdure. Si los productores de cine y otros artistas desean hacer las cosas bien de acuerdo con los mitos en la actualidad, no es suficiente con tomar prestadas las jugosas historias con los rayos del Olimpo, sino que deben respetar el impulso de investigación que motivó las historias.

De vez en cuando, los artistas de teatro tratan de hacerlo yendo directo a la fuente, montando reestrenos de “Agamenón”, “Las bacantes” o algún otro clásico ateniense. Por lo menos en Nueva York los resultados últimamente tendieron a ser malos o aburridos, demasiado burdos o extravagantes para capturar la belleza y la ferocidad de los originales.

El trabajo interesante proviene de escritores como Charles Mee, que mezcla obras griegas con textos modernos para crear un híbrido. En “Iphigenia 2.0”, utilizó la historia de Agamenón que sacrifica a su hija por la Guerra de Troya para plantear cuestiones sobre la sociedad individualista de EE. UU. mientras invadía Irak.

Un intento más reciente de explorar lo misterios modernos surge de John Banville. Su nuevo libro, “The Infinities”, como la película Percy Jackson, supone que los dioses siguen rondando por el mundo. La novela transcurre en un solo día en la casa de Adam Godley, un matemático brillante que yace en coma en lo que parece ser su lecho de muerte. Mientras su familia y amigos atienden sus necesidades y se pelean entre sí, sólo el perro nota que el dios mensajero, Hermes, está flotando por la casa. Y sólo Hermes observa que el propio Zeus se dio una vuelta para poder dormir con uno de los bellos mortales.

La interacción entre dioses y seres humanos clarifica uno de los temas del libro: la disolución de fronteras, de las limitaciones en sí. “En una infinidad de mundos están cubiertas todas las posibilidades” es una de las lecciones de la investigación de Adam, que sucumbió a la fusión en frío y redefinió nuestra visión del cosmos.

Incluso hoy las personas están atrapadas luchando con conflictos aún más antiguos que los griegos. Uno de los más complejos es la relación entre padres e hijos. Hermes permanece subordinado a su padre, Zeus, y medita sobre lo que sucedería si Zeus muriera (lo cual Hermes dice que desea); el joven Adam lucha con el legado de su propio padre poderoso. Sus preocupaciones giran en espiral cuando irrumpe la voz narrativa: al final no queda claro si la historia es narrada por Adam, Hermes, ninguno o ambos.

De todos los últimos esfuerzos por traer a los griegos clásicos al siglo XXI, el que salió mejor es  “Los libros perdidos de la Odisea”, de Zachary Mason. Da a entender que es una traducción de 44 episodios sustitutos recientemente descubiertos de la historia de Homero. En realidad, son cuentos cortos con resultados inteligentes y giros sorpresivos en el viaje de Ulises. La ficción de aficionados nunca fue tan ingeniosa ni divertida.

En algunos de los cuentos de Mason, un Ulises oportunista termina siendo el autor de su propia epopeya. En otros, un episodio familiar se repite desde un nuevo ángulo, como la visión del ojo de los cíclopes del encuentro del monstruo con Ulises, o una nueva versión en tono menor de la pelea con el monstruo del océano, Escila.
Además de capturar la alegría y la rareza de estas antiguas historias, Mason permite reflexionar sobre cuestiones complejas.

A diferencia del original de Homero, sus personajes a veces son débiles, cobardes o marginados sociales, lo que nos aporta una manera diferente de pensar el tema homérico de la injusticia del destino. Una y otra vez, la gente pregunta: ¿cómo encontramos satisfacción en un Universo que parece empeñado en atormentarnos? Mason incluso descubre el modo de explorar los misterios del corazón.

Lo más cautivante del libro es la relación de Ulises con Atenea. Ella es astuta, insondable y tirana, pero apegada a él. Aunque ella aparece esporádicamente, la trama más clara del libro es una suerte de mirada de una historia de amor entre el héroe y la diosa, que lo cuida hasta el final.
Cuando un libro hace un uso tan encantador del mito griego aunque pertenece en su totalidad a su propio tiempo —lo cual significa no realizar un acto servil de duplicación— nuestra visión de la civilización helénica comienza a parecer deficiente.

Tendemos a pensar que la cultura griega está formada por obras, poemas y artesanías de barro que determinados artistas crearon en determinados lugares en un momento en particular.

¿Pero no sumó Mason otra cuenta encantadora a ese cordel? La tradición de los antiguos griegos, de Homero y los grandes poetas, no parece haberse terminado después de todo. Quizás sea menos un corpus geográfica y cronológicamente distinto que un impulso por utilizar determinadas historias y personajes para explorar el mundo de manera rigurosa e imaginativa.

Sin duda es pedir demasiado que “Furia de Titanes” sea tan gratificante e inteligente. Las epopeyas en 3D con alto presupuesto no se prestan a encuentros homéricos forjados a mano. Pero la película podría beneficiar la tradición griega de otro modo. 

El auge de la tecnología 3D ofrece una manera nueva y potente de que los mitos hagan lo que llevan haciendo desde hace 3.000 años: probar los límites de la imaginación, que es el primer paso para despertar nuestro sentido moral. Liam Neeson es parecido a Zeus, las batallas son extremadamente sangrientas y las cabezas de Medusa son escalofriantes.

Es posible que los productores de cine no hayan capturado bien el espíritu de los mitos griegos en 3D esta vez, pero alguien lo hará tarde o temprano.
Quién sabe… quizás sean los mismos griegos. No aprovechar al máximo estas excelentes historias antiguas es, entre otros pecados, desperdiciar el dinero.

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Las causas de la infidelidad

¿Por qué algunos hombres y mujeres engañan a sus parejas, mientras que otros resisten la tentación?

Para poder responder esta pregunta, los investigadores están estudiando la ciencia del compromiso, analizando desde los factores biológicos que parecen influir en la estabilidad matrimonial hasta las respuestas psicológicas de las personas después de coquetear con un extraño.

Sus hallazgos sugieren que mientras algunos pueden ser naturalmente más resistentes a la tentación, los hombres y las mujeres pueden entrenarse para proteger sus relaciones y aumentar su compromiso.

Estudios recientes presentan interrogantes acerca de si los factores genéticos influyen en el compromiso y en la estabilidad matrimonial. Hasse Walum, biólogo del Instituto Karolinska, de Suecia, estudió a 522 conjuntos de mellizos para averiguar más acerca de un gen vinculado con la regulación de la vasopresina, una hormona que promueve la adhesión.

Los hombres que eran portadores de una variante en el gen tenían menos posibilidad de estar casados, y aquellos que habían contraído matrimonio tenían más probabilidades de sufrir problemas maritales serios y poseer esposas infelices. A pesar de que se lo llama “el gen de la fidelidad”,

El doctor Walum lo consideró un nombre equivocado: su investigación se había concentrado en la estabilidad matrimonial y no en la fidelidad.

Resistir la tentación

Aunque puede haber muchas diferencias genéticas que influyan en el compromiso, otros estudios sugieren que el cerebro puede ser entrenado para resistir la tentación.

Una serie de inusuales estudios liderados por John Lydon, psicólogo de la Universidad McGill, de Canadá, analizaron cómo reacciona a la tentación la gente que mantiene relaciones estables. En un trabajo, a hombres y mujeres casados, y muy comprometidos se les pidió que hicieran un ranking de la atracción de personas del sexo opuesto en una serie de fotos. Resultó poco sorprendente que les dieran los puntajes más altos a personas que típicamente consideramos atractivas.

Más tarde, se les mostraron fotos similares y se les dijo que la persona estaba interesada en encontrarse con ellos. En esa situación, los participantes consistentemente les dieron a esas fotos puntajes más bajos que la primera vez.

Cuando ellos se sentían atraídos a alguien que podía amenazar la relación, parecían decirse instintivamente: “No es tan fabuloso”. “Cuanto más comprometido uno se siente -dijo Lydon-, menos atractiva piensa que es la gente que amenaza esa relación.”

Otros estudios realizados en la Universidad McGill confirmaron diferencias en cómo los hombres y las mujeres reaccionan frente a estas amenazas.

En uno, actores y actrices atractivos flirtearon con sujetos de estudio en una sala de espera. Más tarde, se les preguntó a los participantes acerca de sus relaciones y, particularmente, cómo responderían a un mal comportamiento de su pareja, por ejemplo, llegar tarde u olvidar avisar de un retraso.

Los hombres que habían estado flirteando unos minutos antes eran menos condescendientes con el hipotético mal comportamiento. Pero las mujeres respondían a la inversa: los perdonaban más, lo que sugiere que su flirteo previo había gatillado una respuesta protectora cuando se discutía sobre su relación.

“Pensamos que los hombres en estos estudios pueden haberse sentido comprometidos, pero las mujeres tenían un plan de contingencia -la alternativa atractiva activa las alarmas, dijo Lydon-. Las mujeres implícitamente consideran eso como una amenaza. Los hombres, no.”

Autoexpansión

Pero puede que no sean sentimientos de amor o de lealtad lo que mantiene juntas a las parejas. Por el contrario, especulan los científicos, tal vez nuestro nivel de compromiso depende de cuánto una pareja enriquece nuestra vida y amplía nuestros horizontes, un concepto que Arthur Aron, psicólogo e investigador de la Universidad Stony Brook, llama “autoexpansión”.

Ahora, los investigadores se están embarcando en una serie de estudios para medir cómo la autoexpansión influye en una relación de pareja. Ellos teorizan que las parejas que exploran nuevos lugares e intentan cosas nuevas aumentarán su nivel de compromiso.

“Iniciamos relaciones porque otra persona se convierte en parte de nosotros mismos, y eso expande nuestro ser -dijo Aron-. Es por eso que las personas que se enamoran se quedan despiertos toda la noche conversando y lo toman como una experiencia estimulante. Pensamos que las parejas pueden recuperar algo de ese sentimiento planteándose desafíos y encarando desafíos juntos.”

Historia_de_la_Prostitucion

Etimología de la Palabra

• El término prostitución proviene del término latino, prostituere, que significa literalmente “exhibir para la venta”.

• El término loba como equivalencia de prostituta viene de los ritos producidos en febrero en honor al dios romano de los campos y los pastores, Fauno Luperco (Lupus-lobo). Eran llamadas lobas u originalmente lupas las que ejercían la prostitución sagrada con los sacerdotes de este dios, los luperci, en el Ara Máxima.

• En el panteón romano de deidades una diosa menor de la agricultura era llamada “Puta”, aunque es pura coincidencia.

• Las prostitutas, así como hoy ocultan sus negocios haciéndolos pasar por casas de masajes o los anuncian con luces rojas, en la Edad Media (s.XII) los disimulaban como si se tratara de tabernas, colgando en su puerta un ramo. Por esa razón, las comadres empezaron a llamarlas “rameras”, una palabra que les sonaba más púdica que “prostituta”.

Prostitución en la Historia

• En el tercer milenio antes de Cristo, en Babilonia todas las mujeres tenían la obligación, al menos una vez en su vida, de acudir al santuario de Militta (la Afrodita griega) para practicar sexo con un extranjero como muestra de hospitalidad, a cambio de un pago simbólico. Este rito tiene su origen en la diosa de la cultura sumeria Innana, diosa de la belleza y la sensualidad. Sus sacerdotisas, que se habían consagrado vírgenes al servicio del templo, fornicaban con aquellos que habían dejado en el templo una ofrenda económica a la diosa. En la Biblia hay numerosas referencias a los actos “abominables” de estas sacerdotisas, las canaanitas.

• La divinidad amorosa Innana/Ishtar es la protectora de las prostitutas y de los amoríos extramaritales, que por cierto no tenían connotación especial en Babilonia, ya que el matrimonio era un contrato solemne que perpetuaba la familia como sostén del estado y como generadora de riquezas, pero en el que no se hablaba de amor o de fidelidad amorosa. Así, a los hombres se les permitía ofrecer a sus esposas como pago colateral por un préstamo.

• En la Grecia clásica, la prostitución era practicada tanto por mujeres como por hombres jóvenes. El término griego para la prostitución es porne, derivado del verbo pernemi (vender), lo que derivado en la acepción moderna. Las prostitutas debían vestirse con ropas distintivas y estaban obligadas a pagar impuestos. En la iglesia tenían un lugar reservado e Incluso eran enterradas separadas del resto.

• Se cree que fue en la antigua Atenas donde se estableció el primer burdel, en el siglo VI a.C., como local de negocio (un servicio equivalía al salario medio de un día) en el que no estaba permitida la captación de cliente.

• En Imperio Romano, la prostitución era habitual y había nombres distintos para las mujeres que ejercían la prostitución según su estatus y especialización. Las cuadrantarias eran llamadas así por cobrar un cuadrante (una miseria). Las felatoras eran practicantes expertas de la fellatio (mamar), el acto más degradante.

• En la Roma Clásica, algunos prostitutos masculinos esperaban en las esquinas de los baños a mujeres que solicitaran sus servicios. Según la jerarquía romana de la degradación sexual, un hombre sospechoso de practicar cunnilingus a una mujer se rebajaba más que uno que fuera penetrado por otro hombre. Se le imponía el estatus legal de infame, al mismo nivel que prostitutas, gladiadores y actores, lo cual le impedía votar y representarse a sí mismo ante un tribunal.

• Los egipcios fueron los primeros en prohibir las relaciones carnales con las mujeres nativas o peregrinas domiciliadas en los templos y demás lugares sagrados de la época. En el antiguo Egipto, algunas mujeres, no siempre prostitutas, conocidas como felatrices, se pintaban los labios de un determinado color para dar a conocer su inclinación por esta práctica.

• En la cultura fenicia surgió la celebración de una serie de fiestas o ceremonias en honor de las dos divinidades del amor. En estas fiestas, las mujeres se golpeaban duramente el cuerpo, para más tarde ofrecer sus cabellos a la diosa. Las mujeres que querían conservar su cabellera, con evidente menosprecio de su pudor, abandonaban el templo y se dirigían a una especie de mercado donde sólo tenían acceso ellas, además de los extranjeros. Estaban obligadas a entregarse tantas veces como fueran requeridas. La recaudación de aquel comercio carnal se destinaba a adquirir ofrendas para las imágenes de la diosa. Con el tiempo adquirió un sentido comercial que se extendió por todo el mediterráneo.

• En el siglo IX, Carlo Magno ordenó el cierre de todos los establecimientos donde a las mujeres se les permitía tener relaciones sexuales promiscuas y dispuso el destierro de las prostitutas. Pero dada la gran corrupción, las medidas legales resultaban inocuas. Durante las Cruzadas, las mujeres libertinas se vestían de hombres para poder viajar junto a los ejércitos, y así ofrecerles al anochecer sus servicios.

• En la Edad Media, la recesión económica hizo que las prostitutas se establecieran en urbes grandes, generalmente villas universitarias, por la gran afición de los estudiantes a sus servicios. Era deber de los rectores vigilar que los estudiantes no frecuentasen los dominios de estas mujeres, aunque tenían muy poco éxito. Las meretrices también acudían con las ferias ambulantes y las grandes fiestas populares, como el carnaval o los torneos.

• En la España de los Austrias (s. XVI), para que una joven pudiese entrar en una mancebía, o casa pública de prostitución, tenía que acreditar con documentos ante el juez de su barrio ser mayor de doce años, haber perdido la virginidad, ser huérfana o haber sido abandonada por la familia, siempre que ésta no fuese noble. El juez procuraba disuadir de sus torcidos intentos a la aspirante con una plática moral, y si no la convencía, le otorgaba un documento, donde la autorizaba para ejercer el infame oficio.

• En la Edad Moderna, entre las gentes acaudaladas y la clase nobiliaria, el hábito de las cenas ostentosas contribuyó a difundir la prostitución con apariencias más puritanas. En las grandes capitales, como Roma o Venecia, el número de cortesanas era tal que tuvo que ser reglamentada administrativamente bajo la dirección de una mujer a quien llamaban “reina”, que se encargaba de hacer respetar en forma estricta los reglamentos policiales.

• Dentro del reino animal también se da la prostitución. Algunas especies de pingüinos intercambian sexo por piedras adecuadas para la construcción de nidos, y entre los bonobos las hembras ofrecen sexo a cambio de comida, y como mecanismo de resolución de conflictos.

LAS MEJORES 5 FOTOS DE LOS ULTIMOS DIEZ AÑOS

El francés Jean-Marc Bouju captura el instante en que un padre consuela a su atemorizado hijo en un centro de detención norteamericano en Irak.

  

Finbarr O'Reilly, de Canadá, muestra cómo una niña aprieta con sus dedos los labios de su madre en un centro de alimentación de emergencia en Nigeria.

El norteamericano Spencer Platt inmortaliza la imagen en la que se ve a jóvenes libanesas conducir en medio de una bombardeada Beirut.

Erik Refner, de Dinamarca, captó cuando especialistas se preparaban para enterrar el cuerpo de un niño de un año muerto por deshidratación en Pakistán.

El armenio Eric Grigorian fotografía a un niño que sostiene los pantalones de su padre muerto a causa del terremoto de 6 grados en la escala de Richter que hizo temblar Irán en junio.

Las parejas realmente terminan pareciéndose entre sí

Cuanto más tiempo vive una persona en pareja con otra persona, más crecen las similitudes físicas entre ellos, según un estudio realizado por científicos de la Universidad de Liverpool, en colaboración con las universidades de Durham y de St Andrews.

El estudio pretendía analizar las razones por las que los miembros de una pareja tienden a parecerse el uno al otro y concluye que el desarrollo de parecidos comunes entre los dos miembros de una pareja podría derivarse del hecho de compartir y sentir numerosas experiencias comunes.

Pero también existe una razón añadida: no elegimos nuestras parejas porque sean diferentes a nosotros -siguiendo una ley de equilibrio- sino que, por el contrario, nos atraen aquellas personas en las que vemos puntos en común, tanto en la personalidad como genéticamente (en este sentido, con la intención biológica de perpetuar nuestros propios genes).

Los investigadores, dirigidos por Tony Little, de la School of Biological Science de la Universidad de Liverpool, pidieron a los participantes -11 hombres y 11 mujeres- que opinaran acerca de la edad, el atractivo y la personalidad que podían tener los miembros de 160 parejas de casados. Para ello, se les mostraron una serie de fotografías en las que aparecían las esposas y los maridos por separado, de manera que los participantes no supieran quién estaba casado con quién.

Realmente se parecen

Los resultados demostraron que la creencia popular de que los miembros de las parejas, sobre todo de las que han vivido durante muchos años juntas, se parecen, resultó ser cierta: los participantes en el estudio señalaron más similitudes entre aquellas personas que más tiempo llevaban unidas.

Según explica Little en un comunicado de dicha universidad, esto es debido a que la personalidad marca nuestras facciones faciales, por lo que el compartir experiencias y modos de ver la vida acaba por definir nuestros rasgos de manera similar.

Por otro lado, también se demostró que las personas eligen parejas con una personalidad parecida a la suya, basándose en rasgos faciales que marcan las características de la personalidad.

Si, por ejemplo, una mujer tiene un rostro que señala que es una persona “sociable”, lo más probable es que su marido tenga unos rasgos que denoten la misma característica. Es decir que, cuando elegimos con quien nos emparejarnos, ya nos parecemos a nuestro futuro compañero o compañera.

Cercanía genética

Existe una razón biológica para que nos gusten las personas que se nos parecen: buscamos a los que son genéticamente similares. Estudios científicos han demostrado al respecto que las parejas genéticamente parecidas tienden a vivir felizmente unidos. Las similitudes de la personalidad y de las características físicas reflejan el parecido que pueda haber entre nuestros genes.

En la atracción sexual, en el caso de los animales, actúan decodificadores genéticos que producen el intercambio de información que hace que el macho se acerque a una hembra determinada.

Según los psicólogos genetistas, esta ley también funciona en los humanos, lo que produce que en nuestros cerebros se disparen las sustancias químicas que generan la atracción y el anhelo de unirse. Este deseo tiene un fin subyacente e imperativo: el de la conservación y perpetuación de la especie.

Rasgos determinantes

El estudio de Tony Little ha indicado, por otra parte, que las personas se fijan ineludiblemente en determinados rasgos para definir la personalidad de alguien, tal y como se desprende de la observación que hicieron los participantes de las fotos de las 160 parejas. Los ojos y la sonrisa son los caracteres que más información aportan de una persona a este respecto.

La forma de la cara también es determinante. Por ejemplo, la combinación de rasgos masculinos, una barbilla larga y cejas prominentes, suele hacer pensar que la persona es desagradable y poco colaboradora, ha declarado Little a la revista LiveScience.

Little tiene en marcha ahora un nuevo estudio on line sobre la personalidad y la edad de los participantes, y sobre cómo éstos condicionan y definen su propio atractivo. El análisis incluye tests de preferencias faciales, y examinará si las características físicas y de personalidad de los individuos influyen en su elecciones de unos u otros rostros. También se quiere averiguar si la percepción de la información que nos dan los rasgos faciales varía si los individuos que la reciben está emparejados o no.