Al Gore tenia razon: El témpano que viene.

Al Gore

Una de las imágenes más impresionantes de la hoy célebre presentación de transparencias de Al Gore en torno del calentamiento global es un gráfico conocido como el “bastón de hockey”, donde las temperaturas del hemisferio norte reflejan un crecimiento paulatino a lo largo de los últimos mil años antes de elevarse súbitamente durante la segunda mitad del siglo XX.

Como prueba de la alarmante celeridad del calentamiento, esa gráfica ofrece un argumento muy simple y convincente, razón por la cual el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) de la ONU incluyó el trazo en el resumen de su informe de 2001. Pero ¿es fidedigna?

Steve McIntyre se planteó la interrogante al abrir su diario una mañana de 2002 y encontrar la famosa gráfica acompañando un artículo sobre el debate acerca de la necesidad de que Canadá ratificara el tratado de Kioto para controlar sus emisiones de gases “de invernadero”. McIntyre  poco sabía de las complejidades científicas del cambio climático; ni siquiera tenía un doctorado. Sin embargo, le apasionaban los números y también tenía algo de experiencia en el negocio de minerales donde, dice, la gente tiende a utilizar gráficos de “bastón de hockey” cuando tratan de engañar a los demás. “La verdad nunca es así de clara”.

Y como hoy saben todos los climatólogos, el escepticismo de McIntyre hacia el notorio gráfico le hizo cambiar de carrera a mitad de su vida, convirtiéndose en el abuelo del movimiento de “negación” del calentamiento global. McIntyre afirma que los datos de Michael Mann, director del Centro de Ciencias de los Sistemas Terrestres de la Universidad Estadual de Pensilvania, no apoyan sus conclusiones y que un verdadero gráfico de las cifras de temperatura debería revelar una causa cíclica para el reciente calentamiento.

Inspirada en su ejemplo, una improvisada legión de climatólogos aficionados se puso a escarbar la documentación científica sobre el clima tratando de derribar argumentos y exigiendo información confirmatoria de la comunidad científica, a veces con peticiones amparadas por la Ley de Libertad de Información de Estados Unidos.

Por su parte, los científicos resistieron tenazmente los embates, y durante los últimos seis años el conflicto se extendió a los blogs, los salones del Congreso norteamericano y las deliberaciones del IPCC. Sin embargo, el enfrentamiento alcanzó su clímax en noviembre, con el robo de mensajes electrónicos privados generados en la Universidad de East Anglia, Inglaterra, que plantearon serios interrogantes sobre la objetividad científica de varios investigadores de prestigio, incluido Phil Jones, quien renunció en diciembre al cargo de director de la Unidad de Investigación Climática. La prensa denominó el escándalo como “Climagate”.

La batalla entre “alarmistas” y “negadores” cobró numerosas víctimas, no sólo las reputaciones de Jones y demás científicos del “Climagate”, sino que perjudicó la credibilidad de la climatología como ciencia, amenazando más de una década de esfuerzos diplomáticos para lograr la reducción global de emisiones de gases de invernadero. El esfuerzo, que conservó su impulso desde la conferencia de Kioto de 1997, se detuvo por completo en Copenhague en diciembre pasado: conferencia originalmente concebida para incluir a Estados Unidos y China en el acuerdo global, pero que finalmente a nada condujo. De hecho, el proyecto climático empieza a parecerse mucho a la reforma de salud de Estados Unidos: ambos están paralizados por una combinación de resistencia política y egoísmo.

¿Qué pasó?

Por supuesto, parte de la culpa es de quienes entorpecieron los esfuerzos del IPCC y científicos individuales, incluidos los bloggers que trataron de desprestigiar a los científicos con absurdas peticiones sustentadas en la libertad de expresión y también de aquellos desconocidos que hackearon los mails de la Unidad de Investigación Climática de East Anglia. Pero otra parte de la culpa también recae en los propios climatólogos, muchos de los cuales (incluido Rajendra Pachauri, director de IPCC) posiblemente llegaron demasiado lejos y traspusieron los límites de la ciencia para erigirse en militantes, socavando así su credibilidad. En consecuencia, algunos científicos claman ahora un cambio en la tónica del debate: del antagonismo a la reconciliación. La climatología necesita abrir sus libros y tolerar mejor el escrutinio del exterior, mientras que sus instituciones —sobre todo el IPCC— tienen que desempeñar sus funciones con mayor transparencia. “El atrincherarnos para defendernos nos perjudicó”, reconoce Judith Curry, directora de la Escuela de Ciencias Terrestres y Atmosféricas de la Universidad Tecnológica de Georgia.

Lo primero que debe corregirse es la institución que llevó la peor parte en el reciente desastre de relaciones públicas: el IPCC, donde, hace poco, se dieron a conocer varios casos de negligencia. Un fragmento del informe 2007, donde el grupo afirma que los glaciares del Himalaya se derretirán por completo hacia el año 2035, fue sacado no de revisiones científicas sino de un artículo publicado en 1999 en New Scientist, popular revista de divulgación científica del Reino Unido. Más dañino es el hecho de que Pachauri haya actuado como consultor de instituciones financieras como el Deutsche Bank y Pegasus, una compañía de inversión. Aunque el funcionario afirma que donó las utilidades a la organización no lucrativa que fundó en Delhi para promover programas de caridad en el área de desarrollo sustentable, muchos cuestionan si el director de una organización científica que se describe como “políticamente neutra” debe servir de asesor a la banca, al extremo de que algunos reclamaron su renuncia.

En tanto, otros científicos hicieron más que Pachauri para poner en duda su imparcialidad. James Hansen, director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA y profesor adjunto del Departamento de Ciencias Terrestres y Ambientales de la Universidad de Columbia, tiene credenciales impecables. Fue pionero en la construcción de simulaciones climáticas computarizadas y colaboró en la creación de un registro de temperatura; sin embargo, en los últimos años se convirtió en abierto defensor de las reducciones drásticas de los gases de efecto invernadero, manifestándose en contra del sistema “cap-and-trade” (límites y negociación de emisiones): un mecanismo defendido por el IPCC y su progenitora, la Convención de la ONU sobre Cambio Climático, que consiste en limitar las emisiones de gases de invernadero estableciendo topes y permitiendo que los países acepten créditos para sus emisiones. Asimismo, Hansen fue arrestado el verano boreal pasado durante una protesta contra la explotación de carbón en una mina montañosa de Virginia Oeste. ¿Acaso él y sus colegas se comprometieron con el activismo a expensas de sus reputaciones científicas? “Por supuesto”, responde Hansen. “¿Qué otra cosa podemos hacer? ¿Decir a nuestros nietos que se fastidien, que su futuro nos importa un comino?”.

La climatología está perdiendo terreno frente a la opinión pública, por lo menos en Estados Unidos. En abril de 2008, un 47 por ciento de la población estadounidense creía que la actividad humana era causa del cambio climático y un 34 por ciento consideraba que el calentamiento era consecuencia de causas geológicas naturales. Según la encuestadora Rasmussen Reports, las cifras de los últimos meses se invirtieron: el grupo antropogénico se redujo a un 34 por ciento y ahora un 47 por ciento culpa a la naturaleza.

La historia del “bastón de hockey” es ejemplo de por qué la militancia y el ego excesivo pueden ser la respuesta menos adecuada al ataque de McIntyre y compañía. La idea original, concebida por Mann cuando aún estudiaba en la Universidad Estadual de Pensilvania, era conjeturar sobre las temperaturas de hace un milenio a partir del espesor de los anillos de una variedad de pino (Pinus longaeva) que crece más rápido en los veranos cálidos que en los fríos. Los datos que Mann tenía disponibles llegaban hasta 1980. Por razones técnicas, el método no funcionó bien durante la segunda parte del siglo XX y fue necesario manipular los datos. Esto no significa que Mann tuviera la intención de mentir; de hecho, la Academia Nacional de Ciencias aprobó su trabajo en una revisión de 2006. El problema comenzó luego de publicar los resultados, cuando McIntyre comenzó a interrogar a Mann sobre su información. McIntyre afirma que Mann le dio datos en bruto sin otros recursos que necesitaba para interpretarlos. Mann insiste en que entregó toda la información que podía divulgar. No obstante, algunos de los pasajes más condenatorios de los mensajes electrónicos del “Climagate” se refieren a Mann, Jones y otros que buscaban la manera de responder a McIntyre y otros bloggers (la Universidad Estadual de Pensilvania exculpó a Mann de toda contravención). Otros mensajes de Jones hacen referencias a “trucos” para que los gráficos dieran resultados compatibles con el calentamiento de origen humano, aunque el científico aclaró que se refería a “modos hábiles de proceder” y no a trampas.

Pero en vez de desestimar a los aficionados, los climatólogos podrían descubrir que darles acceso a la información puede contribuir en buena medida a generar confianza e incluso, mejorar el proceso científico. John Graham-Cumming, programador neozelandés, detectó errores de temperatura en los datos del centro de investigaciones Met Hadley del Reino Unido, los cuales fueron reconocidos oficialmente. “No soy un escéptico climático”, dijo Graham-Cumming a The Times of London: “No me cabe duda de que el mundo está calentándose, pero esto demuestra por qué es necesario presentar la información bruta en vez de sólo los resultados”. Esta impresión también concuerda con la experiencia personal de Curry. Como coautora de un artículo publicado en 2005, en el que afirmaba que la violencia de los huracanes se duplicó en los últimos 30 años debido al calentamiento climático, la científica fue blanco de las críticas de bloggers que cuestionaban su metodología y exigían que divulgara sus datos. “Fui blanco de ataques y no es agradable”, comenta. Pero a diferencia de Jones y los demás climatólogos científicos, Curry cedió a la crítica y, no obstante haber salido mal parada de la experiencia (hallaron algunos errores), se convenció de que sus colegas se perjudican en lo personal y ante el público cuando ignoran a los bloggers y escépticos.

Otra manera de fomentar la confianza consistiría en fortalecer los estándares del proceso científico. En un tema tan fuertemente politizado como el clima, donde miles de millones de dólares dependen de decisiones políticas basadas en los resultados de nuevos estudios, es muy difícil mantener la objetividad científica, sobre todo cuando los climatólogos hacen lo que suele denominarse “metanálisis”: estudios que agrupan y analizan en conjunto los datos de otros estudios y, por consiguiente, resultan ser mucho más vulnerables a la acusación de “tendenciosos”.

Los proyectos para reducir emisiones de gases de efecto invernadero e instituir medidas de límites y negociación están atascados en un pantano político agravado por las dificultades económicas globales. En Estados Unidos, la presidencia de  Obama probablemente podrá impulsar sus medidas para reducir las emisiones de gases a través de la Agencia de Protección Ambiental (EPA), pero no presionará para alcanzar su meta de un 17 por ciento en reducciones para 2020 hasta que pueda controlar el desempleo. Según los asistentes de la Casa Blanca, cualquier nueva iniciativa climática tendrá que formar parte de un anteproyecto de energía que promueva el desarrollo de nuevas tecnologías verdes como fuentes alternativas de energía y para mejorar la eficacia energética: un ejemplo de ello son los 8.000 millones de dólares que Obama ofreció como garantía de préstamo al sector nuclear.

Los problemas climáticos dificultarán que Occidente presione a Beijing para recortar sus emisiones cuando llegue el momento de negociar en Cancún, México, en diciembre próximo. China no se comprometerá con reducciones significativas si Estados Unidos no hace lo mismo. “Para llegar a un acuerdo en Cancún, al menos desde la perspectiva china, primero hay que conseguir que EE. UU. actúe”, informa William Chandler, experto en políticas energéticas chinas de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional. Esto es un nuevo giro del punto muerto: la razón de que Estados Unidos nunca haya ratificado el protocolo de Kioto fue que China e India quedaban exentas de recortar emisiones.

Con todo esto, la Convención sobre Cambio Climático de la ONU, que enfocó las charlas casi exclusivamente en el recorte de emisiones y el sistema “cap-and-trade”, se quedó sin un programa viable y ahora necesita un plan B: promover nuevas tecnologías energéticas, ayudar a las naciones pobres a adaptarse a un mundo más caliente y desarrollar aerosoles que reduzcan las temperaturas en la eventualidad de que el calentamiento se salga de control. Con la renuncia de Yvo de Boer (ex director del equipo de la ONU durante las negociaciones de Copenhague) queda marcada la pauta para un nuevo inicio.

Hace 20 años, antes de que alguien fuera de un diminuto círculo de meteorólogos se interesara en el clima, Phil Jones concluyó un estudio que parece una parodia de la aridez científica. Titulado “Evaluación de los efectos de la urbanización en series temporales de la temperatura del aire superficial en tierra firme”, era nada menos que un vistazo a los termómetros de todo el mundo. El mismo Al Gore lo pasó por alto. No obstante, los recientes titulares de todos los tabloides (el caos del “Climagate” o cómo el jefe del “Climagate” violó las reglas ocultando datos cruciales) acusaron a Jones, entre otras indiscreciones, por citar documentación inexistente que no tiene consecuencia directa en los resultados y así, días atrás, Jones admitió a Nature que la forma en que su equipo manipuló la falta de documentación en el estudio de 1990 “fue inaceptable”. Esto es nada menos que un muy esperado acto de contrición por parte de uno de los científicos más eminentes del orbe. Y con un poco de suerte, podría convertirse en un punto decisivo en la historia del cambio climático.

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