Avatar y la resignificación de Pandora

Como los Na’ avi de James Cameron en Avatar, los griegos creían que Pandora representaba un aspecto de su propia naturaleza. Pero a diferencia de la película, veintiocho siglos antes, Pandora nació con una carga negativa que conserva al menos hasta ahora. Evidenciaba que la cultura fundada en cosas hechas por el hombre se enfrenta per sé al riesgo de autodestrucción. Cameron le da la razón a los griegos, y a Hesíodo, que escribió y describió la naturaleza de Pandora, la diosa de la invención y de la destrucción. Y por eso crea un entorno en el que toda creación humana está regulada y en armonía con la naturaleza, con el planeta (luna) Pandora.

En la mitología griega Pandora, la primera mujer creada por Zeus, fue enviada a la tierra como un castigo por la transgresión de Prometeo. Llegó para alertarnos, para siempre, sobre los riesgos de la curiosidad, del dominio técnico, de la manipulación de la naturaleza, del planeta, con fines varios. Toda creación del hombre, todo acto de invención choca desde entonces contra Pandora. Y desde Hesíodo hasta Avatar carga con el peligro incalculable de sus consecuencias impensadas, que pueden ser trágicas para la naturaleza humana.

Sobre este mismo tema Richard Sennett sugiere en El artesano, su último libro y el primero de una trilogía que arranca de manera brillante, que su maestra Hannah Arendt podría haber citado a Robert Oppenheimer, director del proyecto Manhattan, que creó la bomba atómica, para ilustrar el efecto pandórico. “Cuando ves algo técnicamente atractivo sigues adelante y lo haces; sólo una vez logrado el éxito técnico te pones a pensar qué hacer con ello, eso sucedió con la bomba atómica”, había dicho Oppenheimer. El ejemplo habla de ese peligroso motor que puede ser la curiosidad.

En Avatar sucede lo contrario. Son los terrícolas, en una fase terminal del capitalismo, los que van a Pandora. Allí encuentran el paraíso y el infierno a la vez. La Pandora de Cameron es un planeta inspirado en Gaia o Gea, otra diosa griega de estimulo creador. La diosa de la Tierra. Con mística ecologista Pandora es un planeta en perfecta armonía de hombre y naturaleza, que no por casualidad se llama Gaia en la lengua Na’ avi, sus habitantes. Esto tiene sus orígenes el mito griego y una larga escuela de ciencia y ciencia ficción.

Existe lo que se llama Hipótesis de Gaia, un concepto creado por el científico ambientalista James Lovelock, que la definió como “una entidad compleja que implica a la biosfera, atmósfera, océanos y tierra; constituyendo en su totalidad un sistema cibernético o retroalimentado que busca un entorno físico y químico óptimo para la vida en el planeta”. También Isaac Asimov habla de Gaia más o menos con el mismo tono en su celebrada saga La Fundación.

Avatar pondera ese ecosistema autoregulado en el que sus organismos forman un todo, una biosfera en la que todo está conectado. Lejos de las redes sociales de Internet, en las que el ruido y la banalidad es un denominador común, Pandora cuenta, es, una red planetaria con la que todos los organismos pueden comunicarse a través de los árboles; así navegan incluso entre sus antepasados, en una exaltación de la memoria en crisis. Y lo hace a contramano de la evolución humana de los últimos siglos, contra la Pandora de la que dan cuenta desde Hesíodo a Sennett.

Si en la Pandora griega, castigo de los dioses, aparecen todos y cada uno de los conflictos de lo que hacemos; en la de Cameron llama la atención la ausencia de ideologías. La negación de todo problema ideológico. Pero ambientalistas, cursis y hasta viejos anarquistas han salido a reivindicar ese mensaje. La Pandora de Hollywood, pese a sus escenas con colores brillantes, a su fauna símil prehistoria es perfectamente identificable tanto en pasado como en futuro. Están en ella los pueblos originarios y el Apocalipsis. Es a la vez el paraíso y el infierno de una y otra cultura. Y es casi una utopía hacker en la que el conocimiento es un bien común compartido. Pero como la hacker, es una utopía de ideologías ausentes.

La comunidad de Pandora no tiene que ver con la política y la lucha de clases, no libra batalla alguna en el seno de su sociedad (para sopesar su visión podría leerse, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, el libro de Frederic Engels) Y en ese sentido es ingenua y simplista. Pero plantea el choque de dos mundos, de dos Pandoras, la del castigo griego y la de la Gaia. En ese espejo se mira la humanidad capitalista del año 2154, fecha de anclaje de la película. ¿Era solo un mito el karma pandórico? ¿Era insensato el miedo a cualquier invención?

“El contenido de la caja de Pandora puede hacerse menos temible. Podemos evadirnos de su sombra”, dice Sennett en El artesano (Anagrama, 2009). ¿Cómo? Comprendiendo mejor lo que hacemos. Habla de la necesidad de comprometernos con lo que hacemos mientras lo hacemos. Ahora, hoy, que podemos encontrar los peligros de la esta ausencia de compromiso en cuanta caja de Pandora abramos (la explotación del medio ambiente, la tecnología como motor cultural y la investigación genética lideran una larga lista de preguntas). Y en ello, la Pandora que envió Hollywood y la que nos legó Zeus tiene el mismo efecto. El de un aviso que sea en 3D o en papiro plantean el problema de la (des)conexión con la naturaleza.

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