Enloqueció por amor y tomó tres rehenes

La obsesión de un joven por una mujer y por los uniformes –y una vida desdichada– terminaron ayer en una funeraria con una desopilante toma de rehenes que duró diez horas, movilizó a cientos de policías, a dos grupos especiales y hasta al ministro de Seguridad bonaerense, Carlos Stornelli, que salió por la tarde a festejar el éxito de sus hombres ante las cámaras de televisión.
El protagonista: Gustavo Artiaga, un muchacho de 23 años, pálido, fortachón y de ojos claros que hacía meses cultivaba, sin ninguna chance de conquistarla, el amor de una chica de San Francisco, un barrio de Berazategui en el que viven muchos policías. Ella, Sabrina Gómez, de 22, rulos, delgada, teñida de colorado, lo esquivó desde que él se le declaró a la salida de una escuela nocturna en la que los dos cursaban el último año del secundario. Para llamar la atención de su amada, Gustavo se disfrazó de gendarme, pasó casi una semana rondando su casa –a media cuadra de la casa velatoria–, secuestró a una vecina de ella, mujer policía, la canjeó por dos bonaerenses, y se parapetó con las armas de los tres uniformados, apuntándolos siempre, a esperar que alguien lo tuviera en cuenta.

Lo consiguió. Desde temprano el caso tuvo rating y los rumores se lanzaron sin bozal. De todo se dijo de Gustavo durante la jornada: desde que lo suyo era una cocaína mal cortada consumida durante los últimos dos días, hasta que era un psicótico grave. Que la mujer policía era su amante. Que era el loquito del barrio. Que había estudiado para gendarme. Nada de eso pudo ser confirmado seriamente. Su historia, como todas las historias de barrio, no podía ser contada por los voceros policiales ni por el ministro de turno que aprovechó las fauces de la tele para recuperarse de la vergonzosa investigación sobre la familia Pomar. Su historia estaba entre las casas bajas del barrio San Francisco, donde las doñas y las tías, las primas y las amigas, las chusmas más conspicuas, cocinaban el melodrama ridículo con el mate de las cinco.

Sobre la calle 44 A, a media cuadra de la Funeraria Lanz, una mujer gorda y joven sostenía en los brazos a un nene de unos dos años que miraba el corretear de los camarógrafos como una coreografía de Disney. Era Tobías, el hijo de la mujer policía, Jesica Rodríguez, que a las ocho de la mañana había salido de su casa para ir hasta el destacamento de Gutiérrez. Jesica esperaba el colectivo para ir a trabajar cuando Gustavo la llamó desde la casa Lanz, donde ya era un amigo para los dueños.

Había llegado hacía algunos días vestido de gendarme haciéndose el gil. Al principio creyeron que era un vigilador más. Luego les vino con el cuento de que estaba haciendo un trabajo de inteligencia. Su objetivo: merodear a un hampón de nombre Cristian que vivía en las cercanías.

Cristian se llama justo el marido de Jesica. Y Cristian se llama, también, el padre de Sabrina, a la sazón también policía, como su hermana, suboficial de una comisaría de Villa Elisa. La familia policial en pleno era vigilada por el Gustavo, falso gendarme, con mañas de Sérpico.

Sabrina no siempre huyó de Gustavo. Al comienzo, en las aulas de la Media 7, donde estudiaban, eran amigos. Él la acompañaba hasta su casa, y conversaban de lo lindo sobre el sueño militar de él, que ya tenía esa costumbre de ponerse ropa camuflada. De allí, por la noche, seguía hasta el barrio Luchessi, unas cuadras al sur, donde vivía con sus hermanos.

Sabrina le creía sus historias, no como ellos, que no le daban crédito a su intento de entrar en la Gendarmería. Él se le declaró con toda la ilusión una noche. Ella le dio el clásico no, sólo quiero ser tu amiga. No hubo Cristo que lo convenciera de que ella no lo amaba. Si aquella vez, le dijo, lo había tocado así en el hombro, con esa energía que lo había hecho temblar.

Entonces empezó la persecución. La seguía varios pasos atrás, como si ella fuera un objetivo bélico, un investigado de veras. La esperaba las horas que pasaran desde que ella entraba en la casa de una amiga hasta que salía. Hasta se le metió en la cabeza que ella salía con un profesor de la escuela.

Se volvió loco. El docente se fue de vacaciones con su novia –no Sabrina, otra—y Gustavo lo llamaba al celular para decirle que se la devolviera, que era suya. A Sabrina le daba pena. Nunca le tuvo miedo, más bien lástima.
Hasta ayer a la mañana cuando miró la tele y vio que todo pasaba en su cuadra, que el que estaba adentro era el Gustavo. Y que la amada por la que había enloquecido tomando rehenes, llamando la atención, no era la mujer policía esa, sino ella, la Sabrina.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s