SE VIENE LA BESTIA POP: EL HOMBRE LOBO

Wolfman

La luna llena los pone mal. Y son fóbicos a los objetos de plata, sabedores de que sólo una bala de ese metal puede acabar con ellos. Pero a Benicio del Toro los licántropos le dan ternura. “Los veo como víctimas –dijo hace unos días en México, cuando presentó El hombre lobo, el film que llega mañana a la cartelera argentina. Yo siempre, de chico, estaba del lado de los monstruos. Y siempre eran los seres humanos los que los maltrataban y no los entendían. Como a King Kong, que lo sacaban de donde vivía y lo llevaban a Nueva York a que hiciera de payaso”.

Después del díptico sobre el Che Guevara, Del Toro se metió en este Wolfman como actor y productor, con un presupuesto alto y un elenco de notables: Anthony Hopkins, Emily Blunt y Hugo Weaving. La base del proyecto: resucitar la leyenda del hombre-bestia según la estableció el cine clásico, en concreto The Wolfman, de George Waggner, con Lon Chaney Jr. en el papel peludo, que produjo el mismo estudio (Universal). “Claro que el personaje principal es ahora un poco más activo”, bromeó Del Toro en referencia a la creación del hijo del “hombre de las mil caras” y gloria del cine mudo.

Es que el primer The Wolfman marcó el punto de partida de un género, y a pesar de que hubo una película anterior, aunque menos exitosa, estrenada en 1935, Werewolf in London. A diferencia de otros monstruos, como Drácula o Frankenstein, el hombre lobo no se origina en una ficción gótica decimonónica sino en un combo de mitos e historias de la tradición oral, condimentadas por la superstición. Con el film de Chaney arranca también la simpatía de las audiencias a las que pertenecía Del Toro. El espectador conmovido por un sujeto atormentado, que genera compasión aun cuando lo veamos destripando inocentes que se cruzan en sus correrías nocturnas. Al fin y al cabo, lo suyo es una maldición, una desgracia, y vive la violencia como un recuerdo confuso que lo llena de culpa y de terror cuando llega la luz del día.

El cine moderno ha mirado al hombre lobo desde todos los ángulos posibles, incluyendo pésimas comedias, exploitation sangrientas y/o eróticas o films de susto paródico para adolescentes, que tenían al desventurado señor de pelo en todas partes como protagonista o excusa. La pantalla grande aportó relecturas del hombre lobo para todos los gustos e imaginarios. Con generosidad particular, quizá por cuestiones de empatía estética, en los ochenta. La década en la que John Landis estrenó El hombre lobo americano (que tuvo su secuela en París, escrita por Landis y con Julie Delpy en el cast), con David Naughton y Griffin Dunne; en la que Michael J. Fox se puso en el pelo del licántropo (Hombre lobo adolescente), Joe Dante transformó al personaje solitario en un grupete de temer, incluido el vengador Patrick MacNee o el luego oscarizado irlandés Neil Jordan (El juego de las lágrimas), que cruzó la cosa lobuna con Caperucita Roja (En compañía de lobos). En los noventa llegó Jack Nicholson con ojos colorados en Wolf, con una sensual Michelle Pfeiffer. Y antes de Twilight-New Moon, Michael Sheen fue heredero de una dinastía monstruosa en Underworld, uno de los últimos ejemplos.

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