Los novios fugitivos

No quiero hacerte sufrir ni a vos, ni al pa. Cuidalos a todos. Te amo”, había dejado escrito Salim Tapia, de 15 años y de la provincia de Mendoza, antes de huir de su casa con su novia de 14, apenados por haber repetido de año escolar el 17 de febrero.

El primer destino fue Córdoba, pero este jueves una cosmetóloga de Villa Gesell dio aviso de que los había visto en su local y puso fin a la angustia familiar y a la aventura de amor adolescente.

“Los chicos vinieron a atenderse al salón, ella quería aclararse el pelo. Él me dijo que eran de Mendoza, y que habían viajado a Córdoba”, señaló la mujer en referencia a Salim y a Yanina Torres, la novia. Ambos fueron encontrados por la policía bonaerense en el camping “El Sol”, ubicado a las afueras de la localidad balnearia.

“Fui a la Terminal a preguntar y gracias a Gendarmería pude averiguar que viajaron por la empresa CATA” con destino a la ciudad de Córdoba, relató a Cadena 3 Patricia Moyano, madre del muchacho. Las autoridades policiales de Córdoba y Mendoza llegaron a promover una intensa campaña de fotografías por si alguien los había visto.

“No te preocupes, voy a estar bien. Tengo mucho dinero”, continuaba el mensaje que le envió el muchacho a su madre el miércoles pasado al mediodía. El joven había partido con su DNI, ropa y “sus ahorritos, que serán entre 300 y 400 pesos”, especificó Moyano.

La expresión “mucho dinero” se refería más bien a los ahorros que la novia fugitiva había tomado de su familia. Según trascendió, la joven alcanzó a tomar una suma total de 7 mil pesos.

Salim y Yanina son compañeros de un colegio de clase media de la ciudad de Guaymallén. La escuela religiosa Santa Teresita fue testigo del inicio del noviazgo que comenzó 9 meses atrás. Allí, él cursaba noveno año y ella octavo, ambos en distintos turnos, pero se las arreglaban para verse y encontrarse.

Una pena compartida los llevó a fugarse, pero el llamado de la vecina al 911 destruyó la quimérica escapada. Los policías bonaerenses encontraron a los novios en el camping y de inmediato dieron aviso a los padres.

Yanina se había teñido el cabello y los jóvenes aún conservaban en su poder buena parte de los 7.400 pesos.

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La Resurreción de Heath Ledger

Aunque morir joven es una especie de costumbre en Hollywood, aún hoy es difícil acostumbrarse a la desaparición de Heath Ledger.
No sólo porque fue el enorme Guasón de El caballero de la noche, ni por sus premios –Oscar incluido– póstumos, sino porque era un buen actor, un pichón de estrella que murió justo al consagrarse. De allí que uno de los mayores atractivos –macabro quizá pero atractivo al fin– de El imaginario mundo del Dr. Parnassus sea su presencia –ahora sí, final– como protagonista.

Ledger pertenece a la nueva ola de actores estadounidenses, la que vino de Australia. En efecto, la mayoría de las grandes estrellas del cine actual nació –o se formó, como el neoyorquino Mel Gibson– en tierra de canguros: Nicole Kidman, Russell Crowe, Hugh Jackman, Naomi Watts, Guy Pearce, Eric Bana, Geoffrey Rush son algunos de los que cruzaron el charco gigante, de Sidney a California. Y Ledger, claro, que comenzó en la televisión oceánica. Después de poquísimos papeles en su tierra natal, alguien dijo que era el indicado para esa gran comedia romántica –y adaptación de Shakespeare– Diez cosas que odio de ti. Y el resto es historia con final glorioso y triste.

“La primera vez que lo vi –dijo al sitio australiano Darkhorizons el realizador Terry Gilliam– fue en Las cuatro plumas. Me dije: ‘Éste es un actor como los de antes, de la vieja cepa de Hollywood. Un clásico’. Y ¿cuántos años tenía entonces? ¿Veinte, veintiún años?”.

Gilliam tuvo el privilegio de dirigirlo antes y después del gran salto que significó Secreto en la montaña, el film que le dio a Ledger la primera nominación al Oscar. Primero fue en Los hermanos Grimm, fallido intento del realizador por volver a la senda del cuento de hadas que había transitado con Las aventuras del Barón Munchausen –y, en menor medida, en Los aventureros del tiempo y Jabberwocky– y donde Ledger coprotagonizaba junto a Matt Damon (más una villana Monica Bellucci). “En ese tiempo, estábamos rodando en Rumania –cuenta Gilliam– y fuimos con ambos a escuchar tocar a unos gitanos. Comimos antes y empezamos a charlar. Matt contó que tenía 33 años, y Heath nos sorprendió confesando que tenía 24, porque ambos pensábamos que tenía la misma edad que Damon. Había una especie de sabiduría en él que no es frecuente encontrar en los actores. Después de Grimm, lo quería en todas mis películas”.

Lo cual no fue fácil porque, como se dijo, después de Grimm apareció Secreto… y el icónico cowboy gay con que la prensa fatigó titulares. Pero Gilliam siguió insistiendo, hasta Parnassus. “Después de esa película, tuvo un año rarísimo. Odiaba la publicidad y quería volver a Australia a hacer películas chicas. Tenía que hacer el Guasón y por eso estuvo rodando en Londres. Ahí fue que nos encontramos y, por pura casualidad, leyó el guión de Parnassus. E inmediatamente me preguntó si podía ser el protagonista. ‘¿En serio?’, le pregunté. ‘En serio’, respondió. Y así fue. Tenía un talento tan grande que podía improvisar: es raro, porque nunca permito que el actor improvise. Pero él inventaba cosas todo el tiempo y yo no quería limitarlo. En Parnassus él volaba; era un verdadero camaleón porque, además, el personaje se lo permitía. De hecho, en cada toma nos sentábamos a mirar qué hacía, y siempre nos sorprendía. Le decía al equipo: ‘Déjenlo viajar, todo lo que hace es bueno’”.

Cuando el jueves se estrene en la Argentina El imaginario mundo del Dr. Parnassus, el espectador podrá calibrar hasta qué punto es cierto lo que dijo Gilliam. Le adelantamos que sí, que es verdad. Y que el cine perdió mucho más que un muchacho atractivo: perdió a un actor único, bueno hasta su último fotograma.

Ayudita de Depp, Law y Colin Farrell

Uno de los problemas que planteó la muerte de Heath Ledger fue resolver gran parte de las escenas de Parnassus, especialmente las que ocurren detrás de cierto espejo, en un mundo de fantasía que es parte central de la película. Para esas secuencias, el realizador contó con tres de sus amigos –también amigos del actor–: Johnny Depp (que había protagonizado para Gilliam Pánico y locura en Las Vegas e iba a ser el Quijote de la malograda adaptación que intentó el director), Jude Law y Colin Farrell.

Los tres interpretan el personaje de Ledger, Tony, “del otro lado del espejo”. Y el cachet de todos ellos fue donado a la pequeña hija del actor, Kate, nacida de su matrimonio con la actriz Michelle Williams. Curiosidades del medio: quien “cierra” la historia del personaje es Farrell, quien le “robó” a Ledger el protagónico de Alejandro Magno, film épico de Oliver Stone, en 2004.

Degolló a su esposa, acuchilló a un policía y se mató

Acompañada por un policía, la mujer llegó a su departamento del barrio de Recoleta con la intención de retirar sus objetos personales y dar fin a una separación. El procedimiento se desarrollaba en tranquilidad hasta que de repente, de un impulso, el hombre se lanzó sobre su esposa y la atacó con un cuchillo directo al cuello. El policía, que aguardaba a su lado, se abalanzó para defenderla y recibió otros varios puntazos en el abdomen izquierdo que lo dejaron internado, grave. El hombre se mató al instante.

El drama pasional habría tenido su desencadenante en un oficio que dispuso la justicia civil para que la mujer pudiera concurrir a este domicilio y retirara sus objetos personales. La Comisaría 17 envió entonces, alrededor de las 11 de la mañana, a un patrullero y a un uniformado para escoltarla dentro de la vivienda de Arenales al 1594.

“El hombre estaba enajenado”, describió el parte de la Policía Federal. “Por eso el patrullero que acompañaba trató de que la violencia cesara y efectuó varios disparos” al aire, explicaron. Pero no resultó, con su mujer y el policía tendidos en el suelo, el hombre procedió y se acuchilló él también el cuello.

Cubierto en sangre, el policía fue trasladado de urgencia hasta la Avenida Libertador y Callao donde lo aguardaba un helicóptero listo para llevarlo hasta el Hospital Churruca del barrio porteño de Constitución. Allí, el policía cuya identidad prefirió la Policía no difundir hasta dar aviso a la familia, permanece internado, en grave estado, por un corte profundo en el abdomen izquierdo.

Un hijo se suma a los nietos

Esta vez, el nieto es su hijo. Después de 32 años de búsqueda, el secretario de Abuelas de Plaza de Mayo, Abel Madariaga, encontró al niño que le arrancaron a su esposa en cautiverio. El joven, apropiado por un capitán del Ejército que fue detenido el viernes, se acercó al organismo con una pesada mochila de dudas sobre su espalda. Los exámenes de ADN confirmaron su sospecha. En los primeros días de julio de 1977, su mamá, Silvia Quintela, lo dio a luz en la maternidad clandestina de Campo de Mayo. Desde ese momento, primero desde el exilio y luego en la Argentina, su papá emprendió el difícil camino de la búsqueda, una tarea que se volvió colectiva cuando se sumó al equipo que preside Estela de Carlotto. Hoy al mediodía, Francisco Madariaga Quintela, Abel y las Abuelas darán la noticia frente a los medios.

“Y vos, ¿sabés quién sos?”. La pregunta, tan fuerte como efectiva, nació hace ya varios años entre los miembros de la Comisión de Difusión. Fue Abel Madariaga, un papá entre tantas abuelas, quien había dado el puntapié para armar un equipo que instalara en la sociedad la búsqueda de los bebés apropiados que, desde hacía años, encabezaba el organismo. Los niños, decía Abel, ya eran jóvenes e intentarían saber la verdad. Entre aquellos hombres estaba su hijo.

Hoy a las 12, Madariaga y sus frondosos bigotes estarán sentados al frente de la conferencia en la que Abuelas anunciará la localización de su nieto número 101. Esta vez, Abel será el protagonista. Podrá contar cuántas veces soñó con este momento. Cuántas veces buscó la mirada de su hijo en los ojos de algún joven que tocó el timbre para terminar con tanta mentira.

También relatará el secuestro de su mujer, embarazada de cuatro meses, aquel 17 de enero de 1977. Su exilio por Suecia y México, y su regreso repleto de esperanzas por reencontrar al niño que le quitaron.

El represor que se apropió de aquel bebé y lo crió como si fuera propio se llama Víctor Alejandro Gallo. Es capitán retirado del Ejército, fue carapintada y en 1997 fue condenado a prisión por los delitos de robo calificado y privación ilegal de la libertad por su participación en lo que se conoció como la Masacre de Benavídez, ocurrida en 1994. Desde el viernes, Gallo está nuevamente tras las rejas. Por otro robo, el de la identidad, delito al que sometió a Francisco durante los últimos 32 años.

Enloqueció por amor y tomó tres rehenes

La obsesión de un joven por una mujer y por los uniformes –y una vida desdichada– terminaron ayer en una funeraria con una desopilante toma de rehenes que duró diez horas, movilizó a cientos de policías, a dos grupos especiales y hasta al ministro de Seguridad bonaerense, Carlos Stornelli, que salió por la tarde a festejar el éxito de sus hombres ante las cámaras de televisión.
El protagonista: Gustavo Artiaga, un muchacho de 23 años, pálido, fortachón y de ojos claros que hacía meses cultivaba, sin ninguna chance de conquistarla, el amor de una chica de San Francisco, un barrio de Berazategui en el que viven muchos policías. Ella, Sabrina Gómez, de 22, rulos, delgada, teñida de colorado, lo esquivó desde que él se le declaró a la salida de una escuela nocturna en la que los dos cursaban el último año del secundario. Para llamar la atención de su amada, Gustavo se disfrazó de gendarme, pasó casi una semana rondando su casa –a media cuadra de la casa velatoria–, secuestró a una vecina de ella, mujer policía, la canjeó por dos bonaerenses, y se parapetó con las armas de los tres uniformados, apuntándolos siempre, a esperar que alguien lo tuviera en cuenta.

Lo consiguió. Desde temprano el caso tuvo rating y los rumores se lanzaron sin bozal. De todo se dijo de Gustavo durante la jornada: desde que lo suyo era una cocaína mal cortada consumida durante los últimos dos días, hasta que era un psicótico grave. Que la mujer policía era su amante. Que era el loquito del barrio. Que había estudiado para gendarme. Nada de eso pudo ser confirmado seriamente. Su historia, como todas las historias de barrio, no podía ser contada por los voceros policiales ni por el ministro de turno que aprovechó las fauces de la tele para recuperarse de la vergonzosa investigación sobre la familia Pomar. Su historia estaba entre las casas bajas del barrio San Francisco, donde las doñas y las tías, las primas y las amigas, las chusmas más conspicuas, cocinaban el melodrama ridículo con el mate de las cinco.

Sobre la calle 44 A, a media cuadra de la Funeraria Lanz, una mujer gorda y joven sostenía en los brazos a un nene de unos dos años que miraba el corretear de los camarógrafos como una coreografía de Disney. Era Tobías, el hijo de la mujer policía, Jesica Rodríguez, que a las ocho de la mañana había salido de su casa para ir hasta el destacamento de Gutiérrez. Jesica esperaba el colectivo para ir a trabajar cuando Gustavo la llamó desde la casa Lanz, donde ya era un amigo para los dueños.

Había llegado hacía algunos días vestido de gendarme haciéndose el gil. Al principio creyeron que era un vigilador más. Luego les vino con el cuento de que estaba haciendo un trabajo de inteligencia. Su objetivo: merodear a un hampón de nombre Cristian que vivía en las cercanías.

Cristian se llama justo el marido de Jesica. Y Cristian se llama, también, el padre de Sabrina, a la sazón también policía, como su hermana, suboficial de una comisaría de Villa Elisa. La familia policial en pleno era vigilada por el Gustavo, falso gendarme, con mañas de Sérpico.

Sabrina no siempre huyó de Gustavo. Al comienzo, en las aulas de la Media 7, donde estudiaban, eran amigos. Él la acompañaba hasta su casa, y conversaban de lo lindo sobre el sueño militar de él, que ya tenía esa costumbre de ponerse ropa camuflada. De allí, por la noche, seguía hasta el barrio Luchessi, unas cuadras al sur, donde vivía con sus hermanos.

Sabrina le creía sus historias, no como ellos, que no le daban crédito a su intento de entrar en la Gendarmería. Él se le declaró con toda la ilusión una noche. Ella le dio el clásico no, sólo quiero ser tu amiga. No hubo Cristo que lo convenciera de que ella no lo amaba. Si aquella vez, le dijo, lo había tocado así en el hombro, con esa energía que lo había hecho temblar.

Entonces empezó la persecución. La seguía varios pasos atrás, como si ella fuera un objetivo bélico, un investigado de veras. La esperaba las horas que pasaran desde que ella entraba en la casa de una amiga hasta que salía. Hasta se le metió en la cabeza que ella salía con un profesor de la escuela.

Se volvió loco. El docente se fue de vacaciones con su novia –no Sabrina, otra—y Gustavo lo llamaba al celular para decirle que se la devolviera, que era suya. A Sabrina le daba pena. Nunca le tuvo miedo, más bien lástima.
Hasta ayer a la mañana cuando miró la tele y vio que todo pasaba en su cuadra, que el que estaba adentro era el Gustavo. Y que la amada por la que había enloquecido tomando rehenes, llamando la atención, no era la mujer policía esa, sino ella, la Sabrina.

La otra cara de San Valentín

Solo. Así va a pasar San Valentín el 55% de los argentinos. Sin flores, sin bombones, sin dijes que digan “te quiero”, sin promesas para siempre: sin fórmulas de amor. Un estudio hecho por la central de medios EPM de Gustavo Quiroga –realizado a propósito del 14 de febrero entre 10 mil personas de entre 15 y 65 años, habitantes de centros altamente urbanizados de todo el país– dice eso y dice más también: la mayor parte de los que hoy no festejan San Valentín desconoce cabalmente lo que significa el mundo “de a dos”. Y es que si bien el 11% está separado, el 6% divorciado y el 11% viudo, hay un apabullante 72% que está, llanamente, soltero. Y que –a diferencia de la Generación Galán, que veía en el casamiento una salvación existencial– no la pasa tan mal con su vida single.

“Hoy la gente sola la pasa muy bien, en los supermercados hasta se venden botellitas de champagne individuales, porque pueden festejarse a sí mismos sin problemas –asegura Sandra Zabala, directora de Investigación de EPM–. Imaginate: si al llegar a tu casa sólo te está esperando el perro, lo único que te queda es ocuparte de vos. Podés ir al gimnasio, hacer yoga, juntarte con tus amigos. En el tiempo de las abuelas una treintañera sin pareja era un caso perdido, hoy no. Hoy todo lo contrario”.

Por este tipo de cosas, los singles no sólo no se deprimen en San Valentín, sino que incluso redoblan la apuesta y festejan el hecho de estar sin compañía sentimental. La euforia llega a tal punto que en Estados Unidos los 14 de febrero se celebra también el Día del Solitario. Si este contrafestejo existiera en la Argentina, la mayor parte de las adherencias sería femenina: según el estudio de EPM, la población single está compuesta en un 54% por chicas contentas; una tasa que llevó a la consultora Young and Rubicam a hablar de las mujeres solas como “las yuppies de esta década”: el 60% es propietaria del inmueble en el que vive, el 50% entra en el rubro “viajera aventurera”, y el 40% en el de “viajera clase business”. ¿Por qué la mayoría de los solos es femenina? Para Sandra Zabala, no se trata de un factor demográfico (es un hecho que hay más mujeres que hombres en el mundo) sino psicológico. “Las mujeres estamos más acostumbradas a estar solas y nos podemos hacer más cargo de nosotras mismas –dice–. Los hombres, no”.

Clase media, clase sola. El sector socioeconómico que más vive en soledad es el de las capas medias. De acuerdo con el relevo de EPM, mientras que el 53% de las clases baja y alta se declaran solas, en los niveles intermedios la tasa sube al 61%. ¿El motivo? La clase alta no tiene problemas para encontrar pareja (más allá del “factor amor”, lo cierto es que los ricos nunca están solos) y los sectores bajos encuentran en el “contigo pan y cebolla” el único espacio donde se puede ganar una apuesta (porque de dinero y de salud, mejor ni hablar). Pero las capas medias se ubican –como casi siempre– en el limbo de las aspiraciones: al tener la esperanza de zafar, de terminar una carrera o de conseguir algún trabajo –y a la vez tener la ulcerante incerteza del futuro–, dejan el amor para el momento en que lo vivan como prioritario. Es decir, para más adelante. Esta elección se refleja en las edades: mientras que entre los 15 y los 34 años los solos llegan al 62%, entre los 35 y los 64 –una franja que suele encontrar a la gente más estabilizada– bajan al 40%.

Para Lilián Suaya, psicóloga, investigadora de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y coordinadora del Café Psicológico (un lugar de encuentro y reflexión para gente sola), el nivel socioeconómico condiciona los números en más de un sentido. Y es que hoy, dice Suaya, si tuvieran la posibilidad de pagar un espacio aparte, muchos elegirían estar solos antes que sostener un matrimonio sin rumbo. “Incluso los menores de 30 años ya ni piensan en casarse –asegura–. Antes uno se casaba para irse de la casa de los padres, pero hoy primero se van a vivir solos. Y se cuidan de que cuando vivan solos nadie se meta en sus casas”.

Este tipo de actitudes –que pueden entenderse como un rotundo “vade retro” a San Valentín– desde hace años están siendo revisadas por el marketing, que ubica a esta población bajo el rótulo de “solteros tardíos”. ¿Qué es un soltero tardío? Según Braulio Bauab, director de Brau Comunicaciones (una consultora especializada en marcas de alta gama), es un soltero contento. Una persona que elige la soledad por encima de las compañías enclenques (aunque no descarta hacer pareja en el futuro), que suele tener un buen puñado de dinero para gastar en sí mismo y que se ubica en una franja inferior a los 45 años (“Después de esa edad, dejás de ser soltero tardío para transformarte en solo” distingue Bauab, demoledor).

En Estados Unidos –donde vive en soledad el 45% de los adultos, quince puntos arriba de las cifras de 1960– los solteros tardíos reciben el nombre de “quirkyalones” (quirky significa raro y/o caprichoso) y encabezan un curioso movimiento emancipatorio. Los quirkyalones protagonizan taquilleras series de televisión (Sex and the City, Ally McBeal y Will & Grace), integran organizaciones como el Proyecto Alternativo al Matrimonio (donde se celebran los divorcios), festejan el Día del Solitario los 14 de febrero y hasta usan anillos en la mano derecha, un detalle que alude a las personas felizmente singles.

¿Existe la posibilidad de que un soltero feliz, alguna vez en la vida, se ponga en pareja y festeje los 14 de febrero de una manera “normal”? Una encuesta realizada en forma conjunta por la revista Time y la cadena CNN indica que, técnicamente, sí: el 80% de los solos tiene la esperanza de encontrar un compañero perfecto para ellos. El detalle es que, cuando dicen “perfecto”, se refieren a –bueno– “perfecto”: si no hallaran el partenaire ideal, pero se les presentara a cambio una persona agradable, compañera y hasta “propietaria”, el 66% de las mujeres y el 59% de los varones le daría el olivo. Este pensamiento –llamémoslo así– “detallista” hizo que el psicoterapeuta americano Michael Broder, autor del libro El arte de vivir solo, empezara a hablar del “síndrome de la persona perfecta”, en referencia a quienes andan por la vida buscando una imagen de Almanaque Pirelli, que es lo mismo que buscar a nadie.

De todos modos, tampoco queda claro que estos solitarios neuróticos estén tan equivocados. Si se revisa el estudio de EPM, se puede llegar a entender por qué los singles inventan excusas para no armarse una vida en compañía. Ante la pregunta: “¿En qué te gusta invertir tu tiempo libre?”, los “solos” colocan en la cima de sus preferencias “salir a bailar o a tomar algo”, “hacer deportes” y “tomar clases de danza o de música”, mientras que los acompañados mencionan “hacer jardinería/paisajismo”, “llenar crucigramas”, “ir a museos” y “decorar el hogar”: una inquietante lista de prioridades que invita a pensar si Cupido, además de corazones, no se estará dedicando a atravesar cerebros.

Los anti San Valentín: el boicot al día de los enamorados

Toneladas de caramelo. Todo muy dulce. Demasiado. Eso es lo que promete cada 14 de febrero, una fecha que entre nosotros se ha vuelto edulcorada en los últimos tiempos gracias a la celebración del Día de San Valentín, el día de los enamorados.

Vale aclarar que esta celebración de antigua raíz histórica, es muy popular en el mundo anglosajón desde hace tiempo, especialmente en Inglaterra y Estados Unidos. Por esas cosas de la globalización, y de buscar ganchos para que el comercio pueda tirar sus anzuelos más allá de las fechas convencionales, poco a poco ha ido ganando presencia entre nosotros.

Sin embargo, no todo es miel y rosas. Están los defensores del amor como fin último de la existencia humana, pero también quienes critican esta celebración, especialmente sus visos comerciales, plenos de lugares comunes, que más bien tiran para atrás una sentimiento tan puro como el que debería tener el afecto.

Esa nueva plaza pública tamaño bestia en la que se han ido convirtiendo las redes sociales de Internet, es un buen lugar para tomarle el peso al asunto.

Hay opciones en Facebook para todos los gustos, desde los convencionales partidarios del 14-F -una mayoría relativa-, a emprendimientos comerciales varios, y hasta las que marcan su postura ya desde el título, con palabras tan elocuentes como pueden ser “anti”, “odio” o “maldito”, y otras con declaraciones de principios tipo “Paso San Valentín solo, ¿y qué?”. Tampoco falta tema en Twitter , por supuesto.

Lo curioso es que las posturas contra lo que San Valentín representa está creando a su vez una ola comercial, o al menos eso puede deducirse si es verdad que todo producto responde a una demanda previa.

Por ejemplo, los que ofrecen remeras que invitan a contener la respiración, más bien a usar máscara si “el amor está en el aire” .

Incluso, y paradójicamente, alguien creyó que un buen modo de mostrarle la cara fea a San Valentín es con primorosos peluches .

Pero es injusto decir que no es original lo del sitio, poéticamente en inglés “flores muertas” . Eso, envíe rosas negras, o rojas secas a quien usted alguna vez quiso pero al que ahora quiere hacer conocer un sentimiento absolutamente contrario. Más directo parecen ser los kits titulados Mal Aliento (dentífrico, enjuague bucal y cepillo dental) u Olor corporal (desodorante y jabón de baño). Todo, por supuesto, acompañado de su correspondiente tarjeta de salutación.

Y si de tarjetas hablamos, su diseño para toda ocasión tal vez es uno de los rubros que más ha hecho estallar Internet. Además de los consabidos corazones, Cupidos y demás símbolos que algunos juzgan cursis, está el camino oscuro. Como el que proponen desde la web La Fiesta de los Corazones Negros , con una tarjeta-formulario para anunciar rupturas de noviazgo, con casi 40 opciones a marcar ; u otra, llamada “Perdón, pero esto no va más” , cuya imagen principal es un osito de peluche con un hacha clavada en la cabeza .

Por su lado, mitad tarjeta mitad juego está Devolvele el golpe a Cupido , cuyo desafío es apuntar y darle un flechazo a un rollizo dios del amor en ese lugar donde la espalda pierde su nombre.

Este movimiento de contestación contra el amor visto como algo empalagoso ha sido también capturado por la publicidad. De eso se encargó una conocida bebida tónica en su versión apomelada.

Nada por casualidad, Hollywood lanza por estos días una cinta titulada Día de los Enamorados

Precisamente, una buena definición sobre esta mirada anti celebración del 14-F pueda darla Ashton Kutcher, uno de los integrantes del elenco coral de esa película, quien días atrás declaró “odio San Valentín””, a la revista Parade . El mediático novio de Demi Moore aseguró: “Creo que todos los días tienen que ser especiales. El día de San Valentín debería servir para decir a las personas que odias que no podés aguantarlas. Así, habría un día de odio y 364 de amor”.