La Argentina masoca

La frase volvió a escucharse en las últimas semanas. “Ojalá se vaya esta yegua.” No hace falta especificar demasiado: el uso ofensivo del animal refiere a la presidenta Cristina Fernández. El disparador esta vez fue el conflicto entre el gobierno y el presidente del Banco Central, Martín Redrado, fogoneado por una oposición política y ciertos sectores de la sociedad que parecieran regodearse con el camino al fracaso. Para (casi) todos.

Ya pasó tiempo atrás: la mayoría de los argentinos festejó el bombardeo del ’55, acompañó el golpe del ’76 con gritos de gol incluidos, entregó oro y comida porque “las Malvinas son argentinas”, aplaudió la presión económica que llevó a la entrega anticipada del gobierno de Raúl Alfonsín, festejó las privatizaciones de Carlos Menem, marchó en diciembre de 2001 hacia Plaza de Mayo y caceroleó en Barrio Norte por la pobre Sociedad Rural. ¿Casualidad o puro masoquismo local?

“Golpe blando”, sentencia el teólogo Rubén Dri. Y explica: “Como lo describió el politólogo norteamericano Gene Sharpe, esos procesos destituyentes se caracterizan por la deslegitimación, el calentamiento de la calle, las fracturas políticas. La defensa de las instituciones y su calidad constituyen muletillas de quienes no pierden oportunidad, porque toda ocasión es buena para un brindis, para desgastar al gobierno y su capacidad de llevar adelante la gestión para la que fue elegido. En ese caso, se apuesta al conflicto respondiendo a los intereses personales y no a los colectivos. Hoy en día, (Julio) Cobos y Redrado son los exponentes máximos de quienes hacen de la traición y la hipocresía una virtud. Como lo insinuaron Grondona y Biolcati en amigable conversación, Cobos está allí esperando que la manzana le caiga en las manos, mientras la oposición sacude el manzano con todas sus fuerzas”.

Ni siquiera en tiempos como el 2010 que, en la mayoría de las previsiones, se avizoraba con recuperación económica, superávit fiscal y comercial y redistribución del ingreso con la asignación universal por hijo a la cabeza, los argentinos nos entregamos al disfrute de las buenas perspectivas. Una idiosincracia que, para el historiador Pacho O’Donnell, tiene su raíz histórica en “la base del dilema sarmientito, de civilización o barbarie, donde la civilización era el ideal europeo y la barbarie, las provincias, los gauchos, los federales, los caudillos, las tradiciones criollas, lo propio. Esa cuestión, el construirnos al revés, hace que sintamos lo ajeno como mejor de lo propio y nos autodenigremos”.

El psicoanalista Enrique Carpintero, en cambio, lo ilustra de otro modo: “Sin ir tan lejos en el tiempo, en los ’90 el afianzamiento de la globalización capitalista generó una cultura basada en el individualismo que no encontró alternativa de cambio. Es conocido el ego de los argentinos en el mundo pero no debemos entender el fracaso de nuestra estabilidad como sociedad sólo por cuestiones internas sino ante la complejidad de un mundo globalizado. En griego, individualismo se llama idiocia, lo cual nos lleva a que uno de los problemas sea la importancia que tuvo la subjetividad del idiota al que sólo le interesa el mezquino interés privado. El idiota, hoy en día, desconoce al otro y los valores de solidaridad, y eso hace que amenace con llevar la catástrofe a todo el mundo. Es aquí donde encontramos el fracaso de una cultura globalizada que no responde a nuestras necesidades e intereses”.

La historia de los países tiene sus particularidades. Y la nuestra no es la excepción: crisis cíclicas, festejadas por amplios sectores sociales y un alto grado de desacople en las consecuencias. ¿Ausencia de culpa o autocrítica nula? “Abundante clase media”, ironiza Dri. “Un abanico social que, en general, no se hizo ni se hace cargo de sus actos –continúa–, porque la culpa la tiene el otro, como canta Larralde.”

“No bien el único proyecto de país se redujo a que nadie te joda, un horizonte descomprometido y genocida se abrió paso en la sociedad argentina”, analiza el historiador Alejandro Horowicz. Y agrega: “El responsable final de las conjuras es el gobierno nacional mientras todos buscan seguir siendo indefinidamente adolescentes, carentes de la menor responsabilidad. El 2001 mitigó durante una fracción de segundo histórico esa pobrísima perspectiva, pero no bien el 3 a 1 se estabilizó, cada cual volvió a sus asuntos. Con la reaparición del conflicto social –la resolución 125 trajo a la superficie los sedimentos más miserables y constitutivos de una sociedad que no repensó nada– los temores revivieron movilizados por el nuevo horizonte de crisis. Y una vez más quedó claro que los responsables de la dictadura terrorista no eran sólo tres comandantes militares, sino la compacta mayoría que, implícita o explícitamente, militó bajo las banderas del ‘por algo será’”.

Una elección, al menos, curiosa si se tiene en cuenta que la desdicha, lejos de ser ajena, resulta compartida. Y deshilacha todo intento de integración social. “Pero el establishment nunca reconoce las políticas que buscan mejorar la situación social”, comenta Jorge Elbaum, profesor de Sociología y Comunicación Política. Y remata: “Aunque también implica un déficit político y comunicacional de quienes buscan transformar la realidad, como sucedió en los primeros años del kirchnerismo, porque entienden al pesimismo como una ‘esencia’, algo inserto en la sociedad. Y esto no es así: el sabotaje político es simplemente enarbolado por aquellos que perderían el tren de su proyecto. Como sucede con el neoliberalismo y los conservadores hoy, que sienten que está en juego su propia supervivencia futura y cuando se trata de proyectos en conflicto, el fracaso del otro suele verse como triunfo propio”.

Y eso que estamos en el año del Bicentenario. ¿Habremos madurado?

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