¿Será que Dios odia a Haití?

Para empezar, es el país más pobre de América (su población sobrevive con menos de un dólar al día); 98 por ciento de sus bosques fueron talados y quemados como combustible, de modo que es vulnerable a las inundaciones provocadas por huracanes; en 2008, cuatro tormentas desatadas en igual cantidad de semanas dejaron a un millón de personas en el desamparo; la mortalidad infantil del país es peor que la de muchas naciones africanas; y encima, el pueblo está abrumado por enfermedades diversas como diarreas, hepatitis, tifoidea y dengue.

Pero la cuenta no para allí, pues también hay que ver su desastrosa historia política y enfocarnos en el reinado de François (Papa Doc) Duvalier, quien asesinó y torturó a más de 30.000 ciudadanos en los ‘60. Y ahora, con un saldo de más de 100.000 muertos por el terremoto de la semana pasada, se puede reflexionar sobre el problema que muchos eruditos denominan “teodicea”. Es decir, si Dios es bueno y pone su mano en todo el mundo, ¿por qué hace sufrir a tantos inocentes? Como habría clamado Job, ¿por qué Dios aplasta con tempestades a los pobres y multiplica sus heridas sin causa?

La respuesta para Pat Robertson, evangelista de televisión, es por demás simple: la culpa es de los propios haitianos, porque practican el vudú. La semana pasada, en el canal de Christian Broadcasting Network, Robertson hizo alusión a los acontecimientos que derivaron en la revolución haitiana de 1791, una de las contadas revueltas de esclavos que haya tenido éxito en la historia. La víspera del levantamiento, los insurgentes se congregaron en un bosque llamado Bois Caiman para hacer un juramento de sangre. “El viento soplaba”, dice un pasaje de las Libertades Revolucionarias, una historia del pueblo de Haití. “Del cielo oscuro y nublado caían grandes gotas de lluvia en las hojas de los árboles, en el grupo de hombres que bailaba lentamente al ritmo de los tambores vudú”. Los haitianos reverencian el relato del Bois Caiman como parte de su liberación y aunque casi toda la población es católica, la mitad sigue practicando el vudú.

Robertson se atreve a lanzar una acusación fundamentada en el Primer Mandamiento cristiano: cuando el Dios de Israel dice “no tendrás más dios que Yo”. Y ese Dios es capaz de provocar desastres naturales a quienes lo desobedecen.

Sin embargo, la postura de Robertson es la de un fundamentalista tan radical, innoble y farisaico —amén de ignorante del discurso teológico que los grandes pensadores, desde San Agustín hasta Elie-Wiesel, pronunciaron en torno del sufrimiento—, que resulta indiscutiblemente retrógrada. Todas las tradiciones religiosas de Occidente enseñan que los mortales no tienen capacidad ni medios para contar o valorar los pecados ajenos. “Si lo que está sucediéndoles a los haitianos es producto de sus pecados, entonces ¿por qué no le pasa a él también?”, restalla Bart Ehrman, estudioso de la Biblia en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill.

“Es una soberana estupidez”, agrega el rabino Harold Kushner, “pensar que podemos adivinar los designios de Dios”.

En las próximas semanas, clérigos más coherentes tendrán que fijarse en lo que dicen. “Los más inteligentes”, augura Ehrman, “dirán que Dios es un misterio inexplicable para el hombre”. Otros dirán que el terremoto es obra del diablo o que los creyentes pueden hallar bendiciones ocultas en la calamidad porque, llegadas al cielo, las almas encuentran paz y reposo.

El rabino Kushner enseña que los desastres naturales son, de cierta manera, ajenos a la competencia de un Dios amoroso y así, de cara a la injusticia y el sufrimiento inexplicable, la responsabilidad de los fieles es permanecer fieles y ayudar a aliviar el sufrimiento. Kushner dice: “La voluntad de Dios no es causar el desastre, sino enviarnos un desastre al que debamos sobreponernos”. Y con este argumento, la mayoría de los estudiosos termina por citar a Job. “En lo más profundo de una vida piadosa se encuentra la resolución de vivir con los misteriosos designios de Dios”, dice un comentario de la Biblia Anotada de New Oxford.

A pesar de esto, la teodicea sigue siendo el arma más poderosa del ateo y muchos creyentes abandonan a Dios al atestiguar el sufrimiento de los inocentes. Eso sucedió a Ehrman quien, luego de toda una vida como cristiano, llegó “al punto en que no puedo explicarme por qué suceden cosas así, si realmente hay un Dios poderoso y amoroso que vela por el mundo. Es un cuestionamiento muy, pero muy antiguo y abundan las respuestas, pero ninguna de ellas lo explica satisfactoriamente”. De cualquier manera, debemos seguir practicando la caridad, y rezando.

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